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Necrológica de mi padre: Un recuerdo que parece un cuento pero no lo es

La última vez que mi padre me requirió por ideas políticas, estaba yo sentado en el parque, leyendo bajo un árbol. Acababa de almorzar mi ración diaria de miseria, consistente en dos panes con requesón y un café de sabor improbable. Era el período especial. Recién me habían jubilado por enfermedad y la Seguridad Social me otorgó una pensión de $85.15 CUP. Estábamos cerca de una etapa de elecciones y él, quizás influenciado por superiores, quizás preocupado realmente, fue a recomendarme que votara. “No te marques más de lo que estás”, me dijo. “Votaré cuando existan alternativas”, le respondí. No lo volví a ver en meses.

Este y otros cabos sueltos pude conversarlos con mi padre antes de que muriera. Los conversamos, pero ninguno fue atado. Absorto en su gestión política, pensaba que las ideas comunistas venían con los genes. En mi casa, en vez de la inconfundible imagen del Sagrado Corazón de Jesús que existe en gran parte de los hogares cubanos, había una fotografía del Che. A pesar de eso, la imagen nunca fue desechada: estaba guardada en el mismo marco de la imagen del guerrillero, sirviéndole de fondo, espalda contra espalda. Fidel y Raúl estaban en la oficina.

Mi padre era la oveja roja de su familia, ni siquiera la negra; había optado por quedarse en Cuba y, además, comprometido con el sistema. Yo lamentaba en broma no ser hijo de mi tío, exiliado en Nueva York, quien nunca regresó ni cuando le avisaron que mi padre moriría pronto. Una historia típicamente cubana. Una historia de purgas, odios y equilibrios subalternos.

Mi padre había sido un dirigente más o menos importante, que no tuvo siquiera la suerte de caer en desgracia. Llegada la hora, se jubiló y fue olvidado. La enfermedad lo sorprendió viviendo en el quinto piso de un edificio del que apenas tenía fuerzas para bajar. Por gestión de unos amigos, pudo mudarse al segundo piso de otro edificio menos alejado, a un apartamento estrecho y oscuro que parecía un nicho de cementerio.

La última zozobra respecto a la militancia de mi padre, tuvo lugar el día de su muerte. Aunque olvidado, era de temer que ese día los nuevos dirigentes quisieran lucirse y largaran un discurso patriótico y sentimentaloide. Por suerte, no sucedió.

Ese día lo pasé recordando. Quiso la suerte que mi padre fuera velado en la extensión de la funeraria, una casa colindante que había sido anexada al local. El dueño de esa casa era un gran amigo de mi padre y, cuando yo era niño, mi padre me llevaba a visitarla. Mientras los adultos bebían, los niños jugábamos. Típico.

Mi padre fue velado en la misma habitación donde en múltiples ocasiones bebió alcohol y habló de Fidel y de la Revolución. Ahora permanecía callado, indiferente. Acompañé el carro fúnebre los tradicionales cien metros al salir de la funeraria, y solo entonces notaron que uno de los hijos del “viejo” andaba en silla de ruedas. Había sido un día largo, muy largo, y todos tenían apuro. El último entierro del día, cayendo la tarde. Creo que hasta se alegraron cuando dije que no iba al cementerio.

Regresé y volví a entrar en la funeraria. Los empleados limpiaban la habitación donde estuvo el cadáver de mi padre. La fiesta había terminado.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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