Cuba te Cuenta

Cosmética del martirologio

“La mitad de los mártires, como la mitad de las vírgenes, suelen ser necios”.

José María Cabodevilla.

En Cuba, cada pueblo tiene su cruz en el calendario y un cúmulo de hijos pródigos que nunca regresaron a casa. Homenajear es pauta universal del comportamiento humano, siempre esforzado en sublimar despilfarros. Cuando se aproximan los aniversarios, las ciudades se llenan de andamios y trabajadores encargados de acicalar las fachadas de los edificios de la ruta de las peregrinaciones o vecinos del lugar de los hechos que se homenajean. Las ciudades parecen inmensas funerarias donde retocan a los muertos que son los vivos.

Por mucho que sus nombres distingan escuelas, hospitales e instituciones, los mártires han terminado siendo perfectos desconocidos. La reiteración del sistema ha logrado que la gente se desinterese del currículo heroico de quienes tuvieron la mala suerte de cruzarse con una bala perdida o una encontrada, lo mismo da. Es sabido que el expediente de los mártires cubanos se infla post mortem. Que lo digan, sino, los sobrevivientes de cualquier causa, aquellos que permanecieron sobre la tierra para constatar la incongruencia entre lo que se vive en el presente y su razón en la lucha pasada.

Resulta asimismo inútil el argumento contestatario que reza: “Si Fulano estuviera vivo…”, donde Fulano puede ser el mártir que convenga. Al juntarse ambos expedientes, es decir, al sumarse las actas del santoral ideológico de los contendientes, resulta la cadena perpetua que arrastran los que tienen que sufrir la historia (y los homenajes).

Sea como fuere, el mártir es el ganador por excelencia. Después de muerto, vive lo que no vivió y se le atribuye, incluso, cierta capacidad profética. Y, por si fuera poco, está bien muerto, condición imprescindible para no darse por enterado de lo que sucede. Los familiares van y vienen derrotados por los sentimientos en pugna: nacen, crecen, se multiplican y sufren, siendo esto una cruel manera de morirse en vida.

También ganan los habitantes de los edificios retocados y, asimismo, por qué no, los pintores. Los primeros no tienen que hacer gastos para tener la fachada reluciente, quizás la minucia de un sorbo de café mezclado y un pomo de agua congelada para “los pobres diablos” que se derriten al sol; mientras los segundos realizan algún negocio utilizando el agua (descongelada convenientemente) para “alargar” la pintura.

Pudiera decirse que los mártires limitan su valor a mantener intactas las fachadas, sin preocuparse demasiado por el interior de los inmuebles y de las personas. Esta afirmación temeraria parece la negación absoluta del martirologio, máxime cuando éste se reafirma como un sacrificio para ensanchar el horizonte ideológico y/o espiritual de una causa. Pero esa duda, seguramente, debe remitirse a los habitantes fuera del “lugar de los hechos”, que tienen que agenciársela para pintar sus fachadas. Al fin y al cabo, el martirologio está determinado por las convicciones (o la ingenuidad) del que decide enrolarse en las hostilidades con el decoroso objetivo de fabricarle mártires al bando contrario. El que sobrevive es héroe. Al que le vuelan la cabeza, es mártir. Así de sencilla es la aritmética de las revoluciones.

No, no se trata de la negación absoluta del martirologio. Se trata de negar la validez de vivir pendiente de la muerte de los muertos que provoca la muerte diaria de los vivos y aumenta la cuota obligada del hastío. El hastío de los rostros pintados que aplastan la espontaneidad con su letanía de rituales fastidiosos. Palabra de mártir.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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