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¿PONER o NO poner?

La mujer leyó la tablilla de ofertas: “Pan con tortilla: 2 pesos”. Esperó el momento propicio y llamó a la dependienta: necesitaba que le vendiera tres huevos, que se los pagaba completos como si le hubiera comprado tres panes con tortilla. Su hijo se había ido para la escuela sin desayunar y no le tenía nada para el almuerzo. Y en la carnicería había tremenda bronca porque se acabó el pollo de dieta.

La dependienta dijo que no podía venderle los huevos, que lo tenía prohibido por el dueño del negocio, es decir, de la casa donde estaba el negocio, una de esas cafeterías improvisadas que ocupan todo el recibidor de la sala de una casa corriente. La mujer insistió por lo bajo. No quería que una “alteración del orden” le añadiera más fuego a la negativa. Para zanjar la cuestión sin cargos de conciencia, la dependienta confesó: “Mi niña, es que las tortillas las estamos haciendo con huevo en polvo”.

El huevo en polvo no es más que huevo deshidratado. Puede que sea un invento conocido por el mundo civilizado, pero solo últimamente ha sido tema de conversación (y memes) en Cuba. Los paquetes han estado llenando las estanterías de las tiendas minoristas, quizás desde que Lula Da Silva ganó la presidencia de Brasil. Porque estos paquetes de “polvo de momia de pollo”, como los llamó alguien, son uno de los residuos de los convenios con el gigante sudamericano.

Muy pocos recuerdan que la primera gran escasez de huevos sobrevino después de los tristemente célebres actos de repudio a la “escoria”, aquellas personas que declararon su intención de marcharse de Cuba en 1980 a raíz de los sucesos en la embajada del Perú. Además de las ofensas, el “pueblo enardecido” permanecía durante horas frente a las casas de los repudiados lanzándoles huevos, basura podrida y hasta piedras. En algunos casos también se llegó a la agresión física. Pero los huevos constituyeron el proyectil más recurrido, quizás por su versatilidad sonora y escurridiza al chocar contra una superficie sólida, llámese pared o rostro de persona.

Como si estuvieran en desacuerdo con tamaño desvarío social, las gallinas dejaron de poner. Y no es broma, aunque lo parezca, sino una coincidente y oportuna ironía. Los otrora llamados “salvavidas” por su presencia incondicional y recurrida en la alimentación cubana, comenzaron a ausentarse por etapas que se han ido alargando cada vez más desde entonces.

Dentro de poco se acabarán también los paquetes de “polvo de momia de pollo”. Y las gallinas siguen en huelga de hambre forzada. La alimentación alternativa tampoco es muy abundante. Consiste, sobre todo, en una discreta gama de embutidos sobre los que bromean los de estómago más duro diciendo que están elaborados con la carne molida de los perros sarnosos abandonados en las calles y cazados por la brigada de Zoonosis.

Y los planes de producción se siguen cumpliendo según los informativos nacionales. Tenía razón el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez cuando afirmó la continuidad de su mandato: nada varía en Cuba. Tanto es así, que ya se da por hecho el apoyo unánime a la nueva Constitución cubana que irá a referéndum el próximo 24 de febrero. Independientemente del miedo (que todavía reina), de las numerosas anulaciones de boletas (que todavía son consideradas callados actos subversivos) y de las sospechas de manipulación de votos (que justifican el seguir asintiendo), el “no” viene quedando para la tranquilidad de conciencia de los que se atreven, como las gallinas, a romper la continuidad de lo establecido. No poner, como doctrina de resistencia. Poner no, como resistencia a toda doctrina.

¿PONER o NO poner?

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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