Cuba te Cuenta

No soy turista. Yo vivo aquí

No recuerdo en mi infancia la presencia de banderas cubanas en la casa. El símbolo patrio estaba rodeado entonces de una sacralidad idolátrica. Nacíamos con la sobrecarga de la tensa reverencia y el consiguiente respeto que se abordaba con amenazas. La bandera no podía rozar el piso; de ocurrir, tenía que ser incinerada. Eso nos decían en la escuela, y el honor de ser escogido para el acto de izar la bandera en el matutino, estaba acompañado por el miedo a cometer un sacrilegio que tendría su castigo: una “mancha” en el expediente que se arrastraría por los años escolares hasta llegar a ensombrecer las aspiraciones de entrar a la universidad. Era el miedo a ese y a otros mitos similares, el que se izaba a diario en el matutino.

Crecí con el desprecio metido entre pecho y espalda, y la bandera no escapó de él. Pasaron los años y la censura se relajó, no porque el régimen comprendiera la viabilidad de la democracia como sistema, sino por la necesidad de contemporizar con los cambios geopolíticos y buscar nuevas ubres que le ayudaran a perpetuar la dictadura. Símbolo imprescindible, la bandera ha estado presente en todo momento y ha visto cómo se convierte en el telón de fondo de todas las disputas.

Actualmente, la enseña nacional puede encontrarse tanto en una camiseta como en un perfil de Facebook. Todo el mundo reclama el pedazo de cubanidad que simboliza, lo cual no tiene nada de significativo. Lo peor es que todo el mundo reclame para sí la autenticidad de su derecho a portarla y de poseer el secreto de la explicación simbólica de su diseño. Aquella cuestión reveladora, casi mística, de “la bandera de la estrella solitaria”, estuvo persiguiéndome hasta la adultez a pesar de mis rebeldías. Y el Gobierno no ayudó mucho en ese sentido. Los cubanos recordamos que cuando los americanos invadieron Granada en 1983, nos llegó la dolorosa noticia de que los últimos de los nuestros se habían “inmolado envueltos en la bandera”. La frase, muy dura, quedó pronto ridiculizada al saberse que, mientras la noticia corría, también corría el coronel Tortoló, al frente de los cubanos.

Pero a despecho del simbolismo, también pueden verse banderas alemanas, canadienses e italianas, entre otras, buen índice para saber de dónde viene el turismo que se está adueñando de Cuba. No obstante, son las banderas norteamericanas las que en mayor medida ilustran camisetas, pantalones y gorras. El periodismo oficialista culpa de tal afinidad a las familias que no han sabido educar en los valores nacionales.

Imposible no recordar a una señora bonachona que se fue de Cuba siendo una “gusana” y retornó en cuanto se abrieron los “viajes de la comunidad”, sin importarle ofensas ni pasado. Esa señora quería ver a sus nietos, sobre todo a uno que estaba enfermo. Llegó con una camiseta que decía en el pecho: “Yo no soy turista. Yo vivo aquí”. Muy valiente de su parte en el año 1979. El cartel se extendía de un seno a otro como una pancarta. La bronca con su hijo fue porque la leyenda estaba escrita en inglés, idioma desplazado convenientemente por el ruso. Del inglés, su hijo solo conocía que era el idioma del enemigo. La señora no pudo regalarle la camiseta a su nieto enfermo. No obstante, siguió viniendo a Cuba hasta que ella misma enfermó y murió hace muchos años.

Yo no soy turista, yo vivo aquí. Sin banderas ni proclamaciones gloriosas, sin himnos ni fanfarrias ni discursos. Así era esa señora, mi abuela, una “apátrida” que, desde la lejanía, me enseñó más autenticidad que todo un compendio de versículos sagrados. Tengo el sueño de aproximarme un día hasta su tumba, con una camiseta que diga: “No te preocupes. Yo también vivo aquí”.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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