Cuba te Cuenta

Referendo a punta de lápiz

Debo admitir que la gente de los CDR ha sido consecuente. Durante años han perseverado en el intento de añadirme a sus filas, pasándome por debajo de la puerta las citaciones para reuniones, asambleas de rendición de cuenta y votaciones del Poder Popular. Igualmente perseverante, no he asistido a ninguna ni pago cotización, por simbólica que sea. En Cuba, cualquier simbolismo sale caro. En cambio, nunca me citaron para el debate acerca de la Constitución, la famosa “consulta popular”. Me afirman que tuvo lugar a escasos metros de mi casa.

Pero me alegro. Han aprendido la lección. Interrogada al efecto, la vicepresidenta del CDR respondió que yo nunca participaba en las votaciones y no quería tener “ni un sí, ni un no” conmigo. Por si acaso, se le aclaró a la señora vicepresidenta que había diferencias entre votar por un delegado de circunscripción y votar un referendo donde se pone en juego seguir con el agua al cuello o salirse de la piscina. No es obligatorio pertenecer a los CDR, por mucho que la inercia dictatorial haga pensar lo contrario. Tampoco lo es votar un referendo de Constitución, pero este último obliga más la conciencia. Votar el referendo significa, entre otras cosas, no estar de acuerdo con engendros de vigilancia como los CDR. En un verdadero referendo, hay votos y vetos.

A las 8 y media de la mañana, el colegio electoral estaba vacío. Los pioneros que custodiaban la urna, todavía tenían los ojos abiertos. Las mujeres (cerca de siete), vestidas de rojo, aguardaban con sus enormes listados. Que no me citaran por el CDR había disparado mis alarmas. Podían haberme eliminado del registro, lo cual significaba mi anulación como individuo con libertades y derechos inalienables. Falsa alarma. Allí estaba mi nombre completo. Mostré mi tarjeta de identidad, firmé y me indicaron una habitación sin puertas ni cortinas.

Pensé que los lápices estaban en desuso, que ahora solo se utilizaban portaminas y bolígrafos. Es un problema de presupuesto, claro. Me equivoqué. Allí estaba el lápiz de mis años escolares, amarrado a la pared, preso de una cuerda que lo sometería largas horas a una rutina de cuadros y cruces, leyendo una y otra vez la advertencia de que antes de votar había que pensarlo muy bien. Un lápiz condenado a grillete. Los lápices, únicos observadores del referendo. Una huella que puede ser borrada fácilmente.

La habitación, una oficina convertida en recinto sagrado. Una mesa donde cada día alguien dormita o juega a los ahorcados y a los ceritos, a menos que tenga móvil y juegue, entonces, Best Fiends o cualquier variante Arcade de burbujas. El lápiz tenía el grafito partido. Agarro la punta entre el índice y el pulgar, y relleno el cuadro del NO como si estuviera en la clase de dibujo de primaria. El grafito desborda los límites del cerco. Todo es simbólico, y la libertad trasciende también los límites de lo simbólico. Me pregunto cómo pude aprobar las clases de dibujo en la escuela primaria.

Lo advierto al salir: “El lápiz tiene la punta partida”. Me había reído pensando que podía ser acusado de sabotear el referendo. “No te preocupes, ahora pongo otro”, me dijo una de las mujeres de rojo, la misma que no quería tener “ni un sí, ni un no” conmigo. Le entregué la boleta. Ella la envió al fondo de la urna. Sonó hueco. El grafito le añade peso al papel. Le entregué la boleta a propósito. Quería evitarme la ridiculez de los pioneros llevándose la mano a la frente y diciendo a un titubeante unísono: “¡Votó!” De cualquier manera, estaban muy entretenidos observándome. La curiosidad es el único rasgo de la inclusión que no necesita ser legislado.

Detrás de sus mesas, las mujeres me observaban también. Otra, de pie, intentaba ayudarme sin notar que la silla de ruedas tiene motores eléctricos, un gesto que puede interpretarse de dos maneras: quería retenerme como un trofeo o quería expulsarme rápidamente. Por mi culpa, en cada jornada de votaciones, tienen que esperar hasta la hora reglamentaria del cierre del colegio electoral. Alguna razón escondida me hizo recordar que de la casa de la señora que intentaba guiarme, había salido el agua hirviendo que escaldó el lomo de un perro callejero que se resguardaba frente a su puerta. Les deseé un buen día.

El resto de las horas se equilibró entre bromas y silencio. Bromas muy desteñidas, no demasiado cargadas. Era casi una obligación preguntar con el saludo: “¿Ya votaste?” “Sí, pero no”, fue mi respuesta invariable. Nadie quería discutir ni investigar trasfondos. Preguntaban en baja voz y observaban alrededor antes de que llegara la respuesta. Si el día anterior, sábado, se eludía hablar de la situación en Venezuela cubriendo todos los espacios con el masivo (y previsible) respaldo a la Constitución, el domingo de referendo se intentaba especular sobre los vacíos informativos del 23F en la nación sudamericana. Se hablaba de dos camiones de ayuda humanitaria que habían sido quemados. Por acá, desde luego, decían que los culpables eran grupos extremistas de la oposición. Por allá, lo contrario. Y lo mismo de los muertos en las escaramuzas fronterizas. Muertos en un limbo. Muertos entre dos aguas. Y sobre todo, silencio.

En la emisión estelar del noticiero, a las 8 de la noche, no faltaron las imágenes de los líderes depositando su boleta en las urnas. De Raúl Castro se dijo que había intercambiado con los pioneros, pero nunca exhibieron ese intercambio. Miguel Díaz-Canel, por supuesto, expuso su panegírico continuador de voluntades revolucionarias. Fue el puntillazo de la duda, por si alguna quedaba. No hay variantes en este modelo. Ahora, después de ser refrendada la Constitución, los legisladores se pondrán a trabajar para la actualización de las leyes específicas. ¿Cabe, entonces, alguna libertad, si ya está vigente el corsé restrictivo fundamental?

Lunes 25 de febrero. Noche. El resultado preliminar arroja que de un registro actualizado de 9 298 277 personas, ejercieron su derecho al voto 7 848 343. Por el NO votaron, según ese resultado, 706 400 personas, para el 7,60 % de la lista actualizada.

Sigue pendiente una pregunta fundamental, ya planteada en otros artículos: ¿quién representará en el parlamento cubano a esas 706 400 personas?

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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