Cuba te Cuenta

Algunos tiros de más y unas puñaladas de menos

Por si alguien no se ha enterado, en Cuba también se mata. Quizás no de manera numerosa ni tan continuada; pero, ¿acaso la matanza de la Florida minimiza la importancia del asesinato de la joven villaclareña cuyo cuerpo apareció a un costado de la autopista nacional? Es que no son hechos aislados. Son noticias aisladas, conocidas hoy gracias a la indiscreción tecnológica de internet.

En determinadas ocasiones se agradecería cierto amarillismo de la prensa. No hacen falta la propagación de imágenes cruentas ni los primeros planos de cuerpos desmembrados; pero sí una información detallada del proceso de investigación hasta donde pueda hacerse, sin afectar la búsqueda de los criminales. Sobre todo hace falta una prensa que refleje el estado de opinión pública, su conmoción, sus temores; porque un asesinato genera miedo. Y el silencio genera el contagio de la impunidad. “Ya las calles no son tan seguras”, es la opinión generalizada. La seguridad de poder andar sin peligro de madrugada por una calle cubana, es la propaganda más apetecida por los turistas. Otro mito que se resquebraja.

Quien visitara Cuba de manera seguida, si es observador, habrá notado el proceso involutivo sin necesidad de noticias escandalosas. Cuando se calcula el presupuesto (particular) para construir una vivienda o para remozarla, un gasto importante se lo llevan las rejas para puertas, ventanas y pasillos. Algunas con elaboración atrevida teniendo en cuenta la calidad del acero y los pocos oficios de los soldadores, otras dirigidas exclusivamente a su funcionalidad carcelaria, lo cierto es que las rejas son imprescindibles en el paisaje urbano de las ciudades. Y es un espectáculo horroroso.

En Cuba existe la costumbre de persignarse cuando se transita frente a una prisión. Siendo consecuentes, los cubanos andarían con la mano en permanente recorrido entre la cabeza y el pecho. “Dios nos coja confesados”, decían los viejos ante la inminencia de un peligro. Cuba se ha hecho vieja en poco tiempo.

Y es que también se mata (se está matando) como recurso de salida a un robo que se ataja in fraganti. Y cada vez se roba más y se tienen menos escrúpulos. Todo el mundo se siente expoliado, todo el mundo se siente Robin Hood, todo el mundo encuentra más obstáculos para situar su conciencia en el tapete, todo el mundo se siente el bicho más pobre de la comarca. Y la pobreza, se sabe, no tiene leyes ni cree en leyes.

Mal que le pese al Gobierno, los cubanos recuerdan que el hurto y sacrificio de ganado vacuno llevaba más años de prisión que el asesinato de personas. Luego, por buen comportamiento, rebaja de condena. En un abrir y cerrar de ojos los asesinos vuelven a la calle a trabajar, probablemente, como fabricantes de rejas o vendedores de candados. Quizás lo de las vacas estuvo exagerado. Quizás al que sacrificaba ganado no le “echaban” tantos años. Al que mataba una persona, tampoco. Estaba claro: el sacrificio de ganado es un delito contra la seguridad del Estado (¿de quién son las vacas?); el asesinato de personas es una cuestión personal (¿de quién son los afectos?) Tal cosa no ha cambiado, solo que no hay vacas.

Mientras tanto, los informativos y programas de análisis político cubanos se regodean en cada asesinato, aislado o masivo, que ocurre en el mundo. Si se tiene en cuenta que para esos programas el mundo se reduce a los Estados Unidos, tenemos una radiografía perfecta del enemigo número uno. Entonces sí valen las imágenes, los videos de las cámaras de seguridad o los tomados por un transeúnte casual o un testigo a su pesar, con las opiniones, además, de cadenas televisivas como Rusia Today, Ispam TV o Telesur. Otras fuentes no son creíbles por parciales y sesgadas. Ahora que la han vuelto a tomar con la simbología patria y la cuestión de las banderas que se cuelgan en bici-taxis, aunque sea por asesinatos, los cubanos observan más banderas estadounidenses en los noticieros que la propia.

La constante comparación estadística no justifica ningún hecho. Al contrario, tratar de opacar el asesinato de una persona con el asesinato de muchas introduciéndolo en el amasijo de los desastres políticos, denota un absoluto desprecio por la persona que, de esa manera, es asesinada por segunda vez. Primero, un criminal le quita la vida. Después, un Gobierno le quita la identidad y la oculta. Nunca como en un asesinato, la víctima necesita que realcen su individualidad y la identifiquen en todos sus detalles. Nunca como en un asesinato la familia necesita, paradójicamente, que reconozcan a la víctima.

No hay armas de fuego en Cuba. Al menos no en las tiendas. Tal cosa no es la condición indispensable para no matar, como no lo ha sido la prédica del mandamiento religioso que reza lo mismo. Y si de perspectivas se trata, no hay dudas de que tenemos los asesinos más educados del planeta. Porque nadie puede negar que no es lo mismo matar con arma de fuego que matar con arma blanca. El arma de fuego es impersonal porque pone distancia entre la víctima y el victimario. De cierta manera, la empuja, se escapa de ella. Le quita sentimientos al suceso. Y una masacre jamás será una cuestión personal.

En cambio, el asesinato con arma blanca requiere un mínimo de contacto entre los cuerpos. La hoja del cuchillo se convierte en una especie de juguete sexual que penetra a la víctima. Es la cópula de la compenetración definitiva, la simbiosis absoluta de los cuerpos. Requiere premeditación, sangre fría, desprecio por la humanidad individual de alguien.

No hay armas de fuego en Cuba. ¿Quiere esto decir que “nuestros” asesinatos valen menos?

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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