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La revuelta de los padres

Admitiendo a los repasadores en la categoría de trabajadores por cuentan propia, el Gobierno cubano intenta que el alumnado siga recibiendo el contenido formal de los programas escolares, mientras que los claustros de profesores en las escuelas se reservan el adoctrinamiento político. Negocio redondo sin soltar prenda.

Los repasadores son la nueva semilla de la enseñanza privada, esa “tara” del pasado que se intentó eliminar. Como mucho de lo eliminado en los primeros años de la Revolución, regresa con más apetito y menos exigencias cualitativas, desentendida de la formación en valores aparejada a toda enseñanza. Por eso mismo, no es estable. Bajo ningún concepto pueden debatir o introducir conceptos diferentes a los de la doctrina socialista, que ahora disfruta de la aprobación mayoritaria de una Carta Magna que la convierte en irrevocable.

Pero el desastre de la educación cubana también es irrevocable. Este mito, como otros, ha perdido crédito. El solo hecho de que tantos profesores solicitaran baja en el Ministerio de Educación y que el Gobierno tuviera que recurrir a los llamados “profesores emergentes” (maestros formados a la carrera, no con carrera), indica incapacidad ministerial y profesional, sin hablar ya de la cuestión económica.

Los padres se quejan de que sus hijos no reciben clases, sobre todo en los niveles medio y preuniversitario. Varias asignaturas pasan el semestre sin profesor a tiempo completo. Luego, un mes antes de finalizar, aparece alguien que imparte un intensivo de cinco repasos, entre los cuales se introduce, sutil o impúdicamente, el examen.

La solución, recomendada por los mismos profesores, es buscar alguien que repase como particular. Un repasador cobra 50 CUP como mínimo en el mes por cada asignatura. Los padres, desesperados por la economía familiar que se desangra tras la comida, cada vez más escasa y, por tanto, cada vez más cara; tienen que lidiar también con el pago de repasos, más de uno en la mayoría de los casos.

Fue muy apetecible la idea de que la Revolución asumiera íntegramente la educación de las nuevas generaciones. Nada nuevo bajo el sol en este tipo de sistema. Finalmente, ni los padres aumentaron la producción que consolidaría el proceso revolucionario, ni los hijos fueron educados más que en la doctrina socialista.

Lo peor es que las promociones siguen siendo multitudinarias. Es difícil concebir que alguien estudie medicina después de haber comprado los exámenes. Son secretos a voces. Los mismos alumnos saben quiénes son aprobados en sus aulas por obra y gracia de un billete, un regalo o la posición relevante de algún padre. Los muchachos, desalentados, comentan: ¿para qué estudiar, si salen mejor los que están peor? En última instancia, ¿para qué estudiar si al final me regalan el examen en algún repaso?

Es una especie de orfandad heredada. El criterio para seguir este juego desfachatado, es proteger al hijo para que no sea “marcado”. Nadie quiere exponer su pellejo convirtiéndose en delator de la corrupción. Sería otra manera de señalarse. Tal vez, como se dice, porque cualquiera tiene detrás una historia de corruptela. Tú me resuelves, yo te resuelvo, tal es la dinámica. La educación también es un producto de primera necesidad susceptible de ser negociado. Y adulterado. La educación cubana es un producto reciclado y reenvasado. Los padres han preferido dejar pasar el fraude y seguir cómplices. Para colmo, se enorgullecen cuando sus hijos se gradúan vacíos por completo de contenidos.

La mayoría de los padres no están en condiciones de pagar los repasos particulares. Se esfuerzan para comprobar, a la larga, que tal repaso un bien relativo, al menos en las circunstancias de un Estado totalitario que no deja nada a la casualidad. Mientras exista Gobierno con tales condiciones impuestas y los ciudadanos estén obligados a su soberana voluntad socialista, debería garantizarse absolutamente lo prometido. Esta ingenuidad pudiera ser el germen de una protesta cabal, una revuelta de padres y madres que no quieran repetir en sus hijos la historia de sus miserias personales, sufridas y resentidas.

Es cierto que en Cuba la educación gratuita es un derecho; pero no es suficiente y constituye una violación de ese derecho dictar medidas que no resuelven nada en esencia, dejando inamovibles las exigencias que sostienen la precariedad. A estas alturas del juego, ¿puede afirmarse que el negocio de los repasadores particulares aporta calidad a la educación cubana? Desde luego que no. Entre otras cosas, ha puesto en evidencia que no solo de pan vive el hombre: vive también de pan con jamón y queso, y otras delicias no precisamente igualitarias ni proletarias.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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