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Prostitución en Cuba

La prostitución en Cuba continúa siendo uno de los fenómenos que afecta a la población, especialmente a la juventud de sus sectores más pobres y excluidos. Si bien es cierto que se trata de una práctica antigua que aparece en cualquier época, en los últimos años adquirió proporciones alarmantes, lo cual se explica por ser, para los sujetos prostituidos una alternativa de supervivencia, en ocasiones la única posible, mientras que, para proxenetas, traficantes y otros involucrados, constituye una importante fuente de ganancias.

En Cuba, como fenómeno social ha existido desde siempre, pero a partir de 1959 comienza a ser enfáticamente perseguido. En los años 90 del pasado siglo resurge y se convierte en algo serio de tratar. Ese impacto no está dado solamente por datos numéricos, que no se conocen con exactitud, sino por constituir algo complicado para el Gobierno comunista de la isla.

La crisis de los años 90 y las desacertadas estrategias económicas desarrolladas por el Estado para contrarrestarla, acentuaron las desigualdades sociales. Esto, unido a factores de naturaleza subjetiva que se gestaron en etapas anteriores, determina que el cuadro sea mucho más diverso hasta los años presentes. Desde entonces la exclusión de determinados grupos y los factores económicos adquieren mayor peso y se encuentran, con personas procedentes de regiones urbanas y familias con un nivel medio de ingresos, y escolarización alta o media.

Varios autores, entre ellos Javier Domínguez y David Cristóbal, sociólogos de la Universidad de Santa Clara, al intentar definir la prostitución que resurgió con fuerza en Cuba a partir de la crisis conocida como “Periodo Especial”, coinciden en señalar que se trata de un fenómeno que rompe con los esquemas de la prostitución tradicional, por lo que se inclinan a clasificarla como sui generis. Incluso el propio nombre otorgado a esta explosión de los años noventa y que se extiende hasta hoy recibe otra denominación: “Jineterismo”.

Muchos de los autores consultados en estas investigaciones según el artículo de la revista Bohemia antes citado, señalan que existen un conjunto de rasgos que distinguen la prostitución cubana actual, de la que se ejerce hoy en gran parte del mundo. Coinciden, además, en que se trata de un fenómeno multicausal, en cuyo resurgimiento han influido elementos objetivos como la crisis económica, y subjetivos, tales como las deficiencias en la socialización familiar y escolar, la formación y transmisión de valores, la desinformación, entre otros.

El incremento de la cantidad de hombres vinculados a esta actividad, aunque no es solo una variante cubana, no deja de resultar llamativo en una sociedad con fuertes rasgos de machismo en lo cultural, que ni siquiera reconoce las magnitudes del fenómeno, dice el artículo antes mencionado.

Entre las investigaciones de las que se han tomado estas afirmaciones sobre la prostitución, se encuentran las realizadas por el Equipo de Estudios sobre la Juventud, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), en los marcos de los Programas Nacional y Territorial sobre las tendencias de integración y desintegración de la juventud cubana.

Según los sociólogos Javier Domínguez y David Cristóbal, no es positivo sin caer en moralismos, que miles de madres en esta nación, según entrevistas realizadas por ellos en varias provincias del país, inciten a sus hijas a prostituirse para salvar de la pobreza a su clan familiar.

Si en otras partes del mundo está bien visto que la prostitución sea un trabajo digno y que no afecta a terceros y que sectores más liberales lo miren como algo normal dentro de la diversidad de escoger lo que quieras para tu vida, según estos autores, no es criticable desde la perspectiva de sus idiosincrasias, pero dadas las características conservadoras de gran parte de la sociedad cubana, sí que en esta zona no se recibe de manera igual a esos sitios antes mencionados.

A manera de antítesis, la doctora Carmen Lidia Cabrera, Psicóloga y sexóloga de la campaña contra el VIH en Santiago de Cuba, en un planteamiento más abierto, dice que es necesario despojarse de ciertos prejuicios morales sin caer en libertinajes. Según sus propias palabras, las personas que deseen hacer cualquier cosa que no perjudique a nadie y que siempre y cuando se cuiden de no contraer una enfermedad sexual, están en su total derecho de disfrutar y de ganarse la vida con ello.

Más allá, afirma ella, de que la sociedad juzgue mal o bien estas decisiones personales y de que los sectores de la iglesia los satanice, hay que concientizar a la población para que estén más a tono con la dinámica modernista y aprenda a no realizar tantos juicios de valor sobre estos temas tan íntimos.

Juan Camilo Seguí

Comunicador Social. Trabajó en el Departamento de Comunicación de la Diócesis Católica. Colaborador de UNPACU.

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