Cuba te Cuenta

El totí de Fuenteovejuna

Los adolescentes necesitan escapar de casa, incluso los que alardean de no haber tenido interferencias en el crecimiento de sus alas. Los adolescentes ven como una conquista el hecho de separarse del nido y disfrutar la libertad de decidir minucias tales como bañarse o no. Y siempre para descubrir que ganar algunas libertades, implica la pérdida de otras.

En Cuba, becarse tuvo esas y otras connotaciones. Desde la perspectiva del Gobierno, artífice de las becas revolucionarias, significaba extraer al muchacho de la influencia familiar. Un adolescente se becaba con 11 años, terminando el sexto grado de la educación primaria, y no regresaba al hogar excepto en los pases mensuales, y en período de vacaciones. Tres años de educación secundaria, más tres de preuniversitario y otros cinco de carrera universitaria, significaban 11 años de despegue y desapego.

Las escuelas en el campo intentaban ayudar a la producción vinculándola con el estudio. Total fracaso. Tantas manos inexpertas no podían encargarse de la cosecha buscando incidencia económica. Solo eran mano de obra gratuita, explotada y vejada. Son muchas las anécdotas de humillaciones sufridas en las becas, muchas también con consecuencias desastrosas.

Sin embargo, toda una generación de padres vio con acierto ese tipo de educación. Así podían dedicarse a “echar pa’lante las conquistas”, mientras sus hijos estaban seguros y educados. Desgraciadamente, la mayoría no tenía opciones. Creció el número de escuelas en el campo, y disminuyó el de las escuelas urbanas. Estas últimas quedaron para los estudiantes ejemplares, aquellos que prometían liderazgo en el firmamento político (no necesariamente lumbreras académicas), los que por razones de salud no podían albergarse y alguna que otra excepción relacionada con el tráfico de influencias.

Existe un punto controvertible y es la opinión de que estas becas fueron escuelas de prostitución. Antes de la visibilidad explícita del jineterismo, el sexo en estas escuelas se convirtió en cuestión de supervivencia. Los albergues multitudinarios y los baños colectivos, contribuyeron a la pérdida del mínimo pudor necesario para hacer la diferencia de la humanidad. No se trataba de mantener un recato victoriano, sino de arrasar con el modo de vida “pequeño-burgués” en el que se englobaba lo mismo el gusto por la cultura que la costumbre de servir la comida en platos. Los platos fueron sustituidos por bandejas de aluminio y la cubertería se redujo a una cuchara.

Y el regodeo del enamoramiento fue eliminado para dar paso al sexo puro y duro practicado en una litera donde otra persona dormía (o fingía dormir) en cualquiera de los dos pisos. Las muchachas privilegiadas lo hacían encerradas en una cátedra con alguno de los profesores, quienes pagaban facilitando los exámenes. Nadie puede negar que conozca casos así, pero se defienden alegando que no son mayoría. Desde luego, las aberraciones nunca son mayoría, y es precisamente para evitarlo que se dan a conocer las minorías. Lo preocupante es la minoría creciente.

Cuba fue de los primeros países de América Latina en legalizar el aborto. En efecto, la legislación cubana al respecto data de 1968. Lo que no se plantea es que resultó muy conveniente montarse en la efervescencia mundial de cambios en el ordenamiento social y en la lucha por los derechos civiles. Por su condición geopolítica, al Gobierno cubano le resultó cómodo escoger las olas de ese movimiento sobre las cuales surfear, ayudado por la oportuna muerte de Ernesto Che Guevara, icono de la desfachatez. Puesto que la revolución sexual era uno de los presupuestos de los jóvenes de esa época, solo había que propiciar las condiciones idóneas para que los jóvenes cubanos se volcaran en el desenfreno hormonal y encaminaran la satisfacción consecuente hacia propósitos más “constructivos”. Pero había que salvar, entonces, el escollo de las consecuencias: los embarazos. No puede hablarse de educación sexual a finales de la década de 1960. El aborto, entonces, se legalizó.

Estas escuelas generaban un gasto excesivo y, con el tiempo, se abandonó la ayuda a la producción agropecuaria que, por otro lado, declinaba gracias a las malas políticas gubernamentales. Las escuelas comenzaron a cerrar y los alumnos se urbanizaron nuevamente. Solo han quedado algunas escuelas dispersas, sobre todo las llamadas vocacionales y algunas especializadas, donde se supone que va la élite del estudiantado en algunas ramas del saber científico. El principio sigue siendo el mismo: adoctrinamiento político a la par del académico.

La polémica acerca del bien o el mal que hicieron estas escuelas, sigue en pie. Es difícil lograr un conteo exhaustivo de los daños psicológicos, porque los niegan las propias personas que los sufrieron. Constantemente se escucha hablar de cierto agradecimiento porque esas escuelas “educaron”. Y cuando se pregunta cuáles son los resultados de esa educación, se dicen cosas tales como que se aprendió a tender la cama todos los días al levantarse.

Por otro lado, solo en una conversación de índole muy personal, la gente es capaz de narrar sus experiencias. A ninguna mujer madura de la actualidad, le gusta reconocer de viva voz que logró su diploma con la transpiración de su elasticidad. Sucede lo mismo que con el tiroteo de huevos a la “escoria”: hoy en día, todos reconocen que fue aberrante, que nunca se hubieran prestado para eso. Al parecer, todos los que tiraron huevos, emigraron o se murieron. ¿Quién tiene la culpa? Inevitable recordar aquella clásica respuesta a la clásica pregunta “¿Quién mató al comendador?”: “¡Fuenteovejuna, señor!” En lenguaje criollo: “Échale la culpa al totí”.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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