Cuba te Cuenta

Cuando yo sea grande

No recuerdo si alguna vez aspiré a la grandeza de los adultos transitando deseos de realización. Bien resumido, para no entrar en detalles, quise ser marinero por el solo hecho de navegar y perderme tras el horizonte. Entonces a pesar de (o gracias a) los aislamientos políticos (redundancia de ser isla y ser Cuba), el mar invitaba a romper fronteras y saltar barrancos. 

Ni siquiera quise ser bombero. Ser bombero es un oficio sobrevalorado. Eso debo agradecérselo a que tuve un abuelo bombero a quien no conocí, y cuya única hazaña parece haber sido tener que salir huyendo de una ciudad populosa por un asunto de faldas, para esconderse en una ciudad de provincias donde siguió sus romances prohibitivos. 

De mi abuelo bombero solo palpé el casco que usaba con el uniforme de gala en las procesiones de la Purísima Concepción, patrona de la ciudad, aunque el viejo era un ateo empedernido e irreverente. Tuvo el buen tino de no mezclar su escepticismo con las ideas “progresistas” que introducían los comunistas de la época en el descontento de la población. Se murió a tiempo, el abuelo, para no deprimirse con los derroteros de la familia y del país.

El casco de mi abuelo se guardaba en el cuarto de desahogo de la casa, esa especie de almacén de lo inservible que puede servir en cualquier momento: tuercas, tornillos y arandelas; lámparas sin cable y cables sin lámpara, etc. El cuarto servía, además, para mi propio desahogo aventurero, inventando juguetes con pedazos de cualquier cosa. El casco de mi abuelo desapareció cuando mis padres se divorciaron. Mi madre se esforzó en borrar todas las huellas del pasado (su pasado) a través de la purga de todas las huellas de mi padre.

Reconozco con tristeza lo poco que influyeron mis padres en mi futuro. Muy clásico en la época: la Revolución se encargaba de la educación, era ella la autorizada para dictaminar vocaciones a partir de sus necesidades políticas. Por otro lado, es muy difícil sentirse orgulloso de los padres cuando estos no son nada. O para ser más preciso: cuando son lo que son a base de demagogia. Siendo adultos, uno recurre a todos los recursos habidos y por haber para disculparlos, pero cuando se es niño no hay hermenéutica que saque a flote las frustraciones.

Yo quería viajar. Algo me decía que había otro mundo detrás del horizonte; detrás del horizonte de la familia, primero; y detrás del horizonte del país, después. Todo para descubrir que el juego de los horizontes era como aquellas muñequitas rusas que se esconden una dentro de la otra: detrás del horizonte de Cuba, estaba el horizonte del campo socialista. Cualquier vocación, si nacía, también tenía límites éticos y estéticos ideológicamente hablando. Para ser marinero (oceanólogo fue mi posibilidad cierta no realizada), tenía como destino la Unión Soviética. Nadie puede criticarme por haberme sentido como una matrioska (muñeca rusa).

Pero los tiempos cambian y las personas con ellos. Ya no necesito pensar en vocaciones futuras porque ya estoy en ese futuro estancado que es la cincuentena. Los tiempos cambian y me he dado cuenta de que ni siquiera los niños hablan ya de irse del país, que esa ha sido la vocación de muchos cubanos como si fuera un doctorado. Me di cuenta cuando le escuché decir a un niño: “Cuando yo sea grande, quiero ser turista”. 

Y me dije: “¡Cuánta razón, a su pesar, tiene el pequeño!” En efecto, marcharse implica comenzar de nuevo, quemarse las pestañas o los talones, según se estudie o se trabaje, con resultado de historias chamuscadas, simulacros de que la vida cambió para mejor aunque solo implique visitar supermercados mejor abastecidos.

Pero ser turista significa una vida hecha, al menos haciéndose; revela cierta solvencia que se permite un alto en el camino, un ir y venir descansado con goce de cremas doradoras y lugares donde supuestamente existe un paraíso momentáneo. Cuba, por ejemplo, en moneda libremente convertible. Cuba en una postal, como la Navidad de camellos y reyes magos cargados de regalos. No se necesita creer para ilusionarse. Solo se necesita espantar las evidencias.

No sé dónde el pequeño pudo escuchar la expresión, pero quise aferrarme a ella. Quizás deba uno ocupar las energías en dibujar un futuro de cosas hechas, obviando las oscuras etapas del necesario tránsito. Y aunque no me apropio de ese sueño, solo me digo que si llego a ser turista jamás visitaré un país como Cuba, porque no creo que me sintiera feliz de que un niño deseara ser como yo para escapar hacia ninguna parte.   

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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