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Los huevos del huevo

Una mujer hablaba de su hija y de su sobrina. Su hermana, médico en Brasil, decidió quedarse. No era una buena doctora, una graduada del montón. Se fue antes de la hecatombe que terminó con los servicios cubanos en ese país. 

Hija y sobrina eran muy pequeñas cuando la doctora partió a su consagrada misión. Las hermanas habían concebido en la misma época; la doctora, de un matrimonio que naufragó en cuanto cambió de latitud; la otra hermana era madre independiente, la de la casa, la de cuidar a los viejos, la fea del cuento. 

Ahora las niñas tienen 15 años. Se han criado como reinas, satisfaciendo todos los caprichos gracias a la moneda libremente convertible que envía la madre y tía, que de alguna manera hay que pagar el abandono.

Pero la tía que quedó en tierra, por así decir, no está orgullosa con el rol que le ha tocado, como es propio en las cenicientas venidas a menos. Además, ya fuera por la amargura de su destino, su soledad congénita o alguna predisposición diabólica de su ADN, ha pescado un cáncer de útero y han tenido que “vaciarla”. Luego, los sueros que la han dejado calva y más fea que el patito feo del cuento, han certificado su sino inevitable.

La mujer se lamentaba con una amiga de lo mal acostumbrados que están los muchachos en estos tiempos. Decía: “A mí me becaron cuando terminé la primaria, en un campo que no tenía árboles, solo tierra e hierbas. Por suerte, entonces había papas, porque en la beca lo demás estaba perdido. ¿Los huevos? Por lo menos ahora hay una cantidad segura en la bodega, aunque sean cinco por persona cada quince días. En mis tiempos yo solo veía el huevo cuando nos traían a la ciudad a tirarle huevos a la escoria. Los que se quedaban en la escuela no tenían derecho. El huevo era el premio revolucionario. Llegó el momento en que todos los muchachos, no importa si estaban enfermos, querían venir a tirar huevos para poder comer huevo”.

La mujer hablaba en una esquina, la piel del cráneo brillándole de sudor. No parecía estar enferma ni operada. Puede que algún mecanismo interno le fuerce la supervivencia. Las niñas quedarían solas. Sus padres, viejos amargados y militantes, se conforman con rumiar su desgracia a los orishas que custodian los rincones de la casa y que, al parecer, no eran duchos en cuestiones de salud.

Las niñas culminaron sus estudios primarios y secundarios y se inician en un preuniversitario tibio, repleto de fraudes y clases que no son clases y profesores que no son profesores. Pero siempre correctamente uniformadas luciendo pañoletas y distintivos, según corresponda, y asistiendo a desfiles y actos revolucionarios y gritando bien fuerte, si la situación lo amerita: “¡Yo soy Fidel!”

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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