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Un mundo mejor es posible

Hasta ahora, solo se conoce que florezca la vida en el planeta Tierra. Se supone que esta pudiera desarrollarse en otros parajes del universo, pero no hay respuestas claras comprobadas científicamente.

Nuestro entorno cuenta con todo lo necesario para generar la existencia; sin embargo, la especie humana consume desenfrenadamente los recursos que la madre natura pone a su disposición, contamina y hace peligrar la armonía con su propio medio, en aras de dudosos beneficios.

En su relación con el planeta, el hombre actual puede compararse a un virus: ambos se reproducen mientras haya posibilidades, y consumen hasta agotar los recursos disponibles. La única diferencia es que el virus puede migrar hacia otro cuerpo y continuar allí su ciclo de “destrucción vital”; mientras el hombre está destinado a cuidar su única morada.

La especie humana, al situarse en la cima de la cadena evolutiva, ha llevado durante siglos una consciente supremacía de consumo. Ha sido capaz de extinguir especies por mero capricho (moas o bisontes americanos, son solo algunos en una larga lista) o de sobreexplotar recursos hasta deprimirlos a niveles ínfimos.

Cada producto que se consume y produce hoy día tiene acuñado en su proceso la interacción directa con el petróleo y sus derivados. Ninguno escapa a ello. Desde un tomate hasta un bidón de agua, representan una íntima interrelación y dependencia de los combustibles fósiles.

El hombre, ese bípedo implume como le llamaba Julio Cortázar, necesita poco, pero sus deseos son infinitos. Querer aquello que no tenemos por encima de cualquier consecuencia parece ser la fuerza que mueve a la humanidad de hoy día. No importan los medios, sino el fin, me recuerda la máxima de Maquiavelo.

Un refrán africano afirma: “el mayor tesoro: el poder, el tener, y el saber”, pero en los tiempos que corren, cuando pugna por triunfar el consumismo, el poder y el tener han obviado el saber, o al menos parecen olvidarlo, disfrazado para que no estorbe.

La madre natura nos ha brindado su sabia y la hemos bebido hasta la saciedad. El hombre se ha vuelto una epidemia. Un ser que piensa en el hoy y se olvida del mañana. Alguien que esconde sus miedos detrás de sus posesiones. Alguien que oculta su soledad, y la pobreza de su espíritu detrás del biscuit y las ropas de marca.

Y en su frenesí destruye para “vivir mejor”, sabiendo que vivir mejor significa también futuro y no aquello que decimos cuando remendamos a medias: “pan para hoy y hambre para mañana”. Pero nuestra relación con la Tierra debe ser más dócil, más de enamorados. Nunca es tarde para cambiar aquello que está equivocado, especialmente si esta enfermiza correspondencia afecta a todos por igual.

No son los gobiernos, sino los hombres, quienes deben regir su destino. Cada persona debe cuidar su entorno, luchar por él como si fuese su propia vida (porque es su propia vida la que está en juego). Una nueva relación, un nuevo tipo de desarrollo es necesario. Una civilización que cuide de los bienes ofrecidos por la naturaleza para sus hijos.

Es momento de cambiar lo que nos está llevando al borde de la catástrofe. Las pruebas están de sobra: calentamiento global, derrames de hidrocarburos, deforestación, sequía, desertificación, extinción de especies de la flora y la fauna. Es hora de que el hombre pierda su miedo y deje de cubrir su soledad con falsas monedas que deslumbran su aparente supremacía presente. Cambiar está en nuestras manos, ya es tiempo de que el bípedo implume deje sus pánicos, sus prejuicios y su egoísmo, y se convierta en el hombre que dice ser.

Eduard Velázquez

Licenciado en Geografía, activista ecologista de la sociedad civil cubana y vicecordinador del movimiento Ecososcial Protegiendo la Naturaleza y el Entorno (ProNaten).

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