Cuba te Cuenta

Cosmética de Penélope

En mi barrio había un señor que vendía frijoles. Los vendía en su propia casa. Se los traían del campo, de una de las zonas de mejor cultivo. Aquellos frijoles tenían fama, eran garantía de calidad. Cuajaban bien los benditos granos.

Nadie sabe si el hombre tenía licencia de vendedor. Lo más probable es que no la tuviera. Al final de sus días, el hombre vendía también puré de tomate embotellado, aunque ese producto no tenía la fama de los frijoles; además de que constituían una especie de coctel Molotov que podía estallar en cualquier momento. El hombre, al menos, era sincero y no garantizaba la calidad del puré. Le estaba haciendo el favor a “alguien”.

A la gente no le importaba que el hombre vendiera ilegalmente. Era una ventaja tenerlo en el barrio, aunque vendiera más caro. Además, si se daba la ocasión, siempre existía la posibilidad de decir que, si el hombre no se ocultaba para vender, entonces “yo creía que tenía licencia”. Y también que tenía como clientes fijos a unos cuantos funcionarios que venían en sus flamantes autos y parqueaban como si estuvieran de compras en un supermercado. Nunca tuvo problemas. La gente decía que era chivato. El hombre murió hace unos cuantos años, antes de la escasez de frijoles, antes de la pandemia, y antes de los operativos de escarmiento que, al decir del primer ministro Marrero Cruz, “llegaron para quedarse”.

No es la primera vez que los cubanos asisten a una racha de operativos policiales en contra de acaparadores, revendedores y comerciantes ilícitos. Y aunque ahora la situación es mucho más delicada, no es menos cierto que esa “delicadeza” es el plato común de una gran parte de la población desde años atrás. De manera que no importa quien venda ni quien caiga, ni a quien deba delatarse con tal de seguir subsistiendo. Esa es la miseria de Cuba, mucho más profunda y destructiva que el hambre propiamente dicha.

Lo ilícito, en Cuba, es un comercio a voces. La gente observa los reportajes de las casas convertidas en almacenes y comentan: “Los van a reventar por todos los que lo habían hecho hasta ahora”. Pero hay otro comentario que solo se habla en círculos cerrados: en un país como este, donde el Estado es el dueño absoluto de todo y donde el famoso “descontrol de los recursos” es solo el subterfugio burocrático para robar más y ganar prebendas, ¿cómo es posible que se moviera una cantidad tan ingente de productos sin que nadie lo notara? Pero los reportajes se quedan en la detención y en “estamos investigando” y la población debe conformarse con que “todo el peso de la ley caerá sobre esos elementos”.

Es mas de lo mismo, solo un mecanismo atemorizador. Hubiera más satisfacción entre la gente si apareciera un reportaje que, tirando del hilo, fuera a parar a casa de un jefe de corporación o al de la familia de un ministro. Entonces pensarían que el asunto va en serio. El mundo entero clama porque la etapa post-pandemia sea, en verdad, nueva. Nadie pide que sea tan “normal”, si la normalidad significa volver a lo mismo de antes. Mientras tanto, en Cuba, nos entretenemos en retocar día a día el rostro de una Penélope que, a fuerza de esperar, ha perdido toda esperanza de cambio. Para qué, si se puede vivir perfectamente a base de reciclajes.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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