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Cuba, la eufemística

Foto: Parque José Martí. Cortesía del autor

En su momento, Cuba fue un país vinatero. Aunque en rigor nunca lo fue. No hay viñedos en Cuba. Para hacer vino, se utilizaba el arroz tanto como el marabú.

Y seguía siendo vino para el mínimo común de los mortales cubanos. Los había (vinateros) pretenciosos que también fabricaban vodka, tequila, brandy… ¡y whisky! Y los había (consumidores) en ayuno que sin haber probado jamás ninguna de esas bebidas, decían que el simulacro criollo “no tenía nada que envidiarle a las de fábrica”.

Le llamaban autoestima, un recurso desesperado que se puso de moda cuando el muro de Berlín se fue al piso. Ninguno de aquellos vinateros confesó jamás que utilizaban sus mejunjes para aderezar alguna carne cuando les faltaba el vinagre. Ni los consumidores tampoco. Muchas penas fueron ahogadas en esos penosos vinos. En su momento, Cuba fue un país vinagrero, más que vinatero.

No podía ser de otra manera. Sucedió en la época en que la leche de magnesia era considerada mejor desodorante que el Old Spice y los gatos eran asimilados a los conejos (en sabor). Ejemplos archiconocidos y susceptibles de convertirse en tópicos. Un gran peligro, porque de vinagrero a vinatero existe el mismo trecho que del estómago al sobaco. No sé quién parió la idea de que no llamar a las cosas por su nombre es una especie de psicoterapia semántico-léxica para resolver desequilibrios sociales. Probablemente, alguien diluido en el colectivismo forzado y forzoso.

Así, el gobierno cubano ha logrado situar a la isla en una posición muy cómoda para sus intereses. Nadie tiene derecho a protestar. Y con el tiempo, se aprende a no protestar. Es como vivir orgullosos de ser una croqueta. Nunca averigües de qué está hecha una croqueta. Siéntete feliz de ser el plato fuerte. De esta manera acabamos fabricando equidades consolatorias tales como “dos huevos hacen un bistec” y “dos croquetas hacen un huevo”. Con esos truenos, difícilmente un cubano puede hacer un ciudadano.

Simpático, si no patético. El tiempo también hace que las comparaciones dejan de ser consuelos. Se corre el riesgo de la simplificación del orgullo, que entonces comienza a regalarse en forma de comprimidos patrióticos, una copia facsimilar del himno de Perucho Figueredo encerrada en un pomo de jarabe de caña santa. Como sucede con la recurrida frase de José Martí: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino…”.

Error. La frase literal, es: “Nuestro vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”, y pertenece al artículo “Nuestra América”. En dicho artículo se habla del despertar del continente americano y de cómo los jóvenes “entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear”. Tal y como se usa indiscriminadamente, la frase de marras parece un llamado a organizar clubes de vinateros.

Una broma muy seria. No hay literalidad en las metáforas. Solo los alcohólicos sienten la necesidad de tomarse un vino que no es vino. Y solo el socialismo siente la necesidad de empacharse con alegorías mal entendidas porque no tiene capacidad para otra cosa. Lo peor de la imitación es que logra desaparecer las referencias para solo imitarse a sí misma llamándose original. Y esto es siempre un camino sin salida.

Aunque lo dijera el Apóstol (que no lo dijo), con el mayor respeto: si nuestro vino sale agrio, significa que estamos haciendo mal las cosas y hay que cambiarlas. Sobre todo, cuando los que insisten en que nada cambie, no consumen vino casero. El socialismo sigue siendo, más o menos, el eufemismo de la miseria. Y el socialismo cubano sigue siendo, ni más ni menos, la miseria de los eufemismos, solo por haber convertido a Martí en un eufemismo de sí mismo.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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