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Haciendo política con el helado

En Cuba solo se extinguen los helados de Coppelia, algo completamente intrascendente al compararse con los esfuerzos para mantener… ¿Mantener?… Un verbo jubilado que no se mantiene a sí mismo.

Foto: Cortesía del autor

Cuba sabía que el amanecer del 1 de enero traería el cuerpo a cuerpo con los nuevos precios. Sin embargo, alguien salió a pasear y descubrió el monstruoso precio de una bola de helado. No había que asombrarse demasiado. El gobierno cubano hace política a lengüetazo puro, si ha descubierto hace muy poco la necesidad de trabajar para producir.

No hay que olvidar que las circunstancias son impermeables a ese “pensar como país” que le endilgan a toda oscilación, sin importar que esté tan alejada de la razón como un elefante del árbol genealógico humano. Cuando habla un ministro, cabe preguntarse dónde dejó la nave espacial. Porque cualquier menesteroso ideológico, supuestamente más instruido, solo alumbra colonizaciones.

Pero gozan (la cúpula del gobierno) del sombrío encanto de la articulación de promesas. Cuentan con su club de “incondicionales” a los que previamente convencieron de poco gloriosos por lo desquiciado de sus pretensiones sociales. Nada nuevo bajo el sol. Hace mucho tiempo se demostró que prometer una tierra que mana leche y miel (y bolas de helado), es un método infalible para que las masas se aturdan y dejen de pensar en el futuro… pensando en el futuro.

De vez en cuando habrá disturbios para desviar la atención hacia los becerros de oro de la propaganda enemiga, algo perfectamente controlable si entre la leche y la miel se intercala, por ejemplo, la promesa del aumento de la producción de uvas de Flandes en un municipio desconocido de Cuba. Buscando y rebuscando, se descubrirá que con visión escatológica, el “líder histórico” pasó por allí alguna vez. La credibilidad es siempre aquella zanahoria en el extremo de la vara que se coloca delante de los ojos del burro para que se motive a caminar. Por culpa del bloqueo, a los Reyes Magos solo se les ha permitido traer a Cuba juguetes en forma de zanahoria.

Alguna vez a los cubanos se les prometió que la isla sería una potencia exportadora de carne y leche. La miel se vendía (se sigue vendiendo) en las tiendas de Artex. El fin de todo es la exportación de una idiosincrasia desvaída (por desvalida), una cultura de falansterio, vulgar hasta las últimas consecuencias de la vulgaridad que no es otra cosa que la conversión de los distingos en show para turistas.

Que nadie piense que el gobierno cubano es ateo. Tampoco es un gobierno creyente aunque exhiba algunos miembros confesionales que se abanican con versículos bíblicos, del Corán o del Manifiesto del Partido Comunista. Todo es lo mismo si pueden desviarse los cauces al improperio común del sinsentido revolucionario. El gobierno cubano es creyente de la conveniencia del ajiaco cultural que decía Fernando Ortiz, una metáfora devenida infeliz porque depende de la calidad de las viandas y de la intensidad del fuego de cocción. No hay viandas. No hay fuego. Julio Cortázar mintió con su libro “Todos los fuegos el fuego”.

Convienen (al gobierno cubano) los huracanes, las sequías prolongadas, las lluvias intensas e ininterrumpidas, los derrames de petróleo, el embargo y las sanciones europeas, la migración de los peces y hasta el deshielo de los polos. Incluso hay bandera a media asta si se vuelve viral la imagen de un oso polar entre estertores. En Cuba solo se extinguen los helados de Coppelia, algo completamente intrascendente al compararse con los esfuerzos para mantener… ¿Mantener?… Un verbo jubilado que no se mantiene a sí mismo.

El gobierno cubano ha esperado en vano un cambio en el movimiento de rotación de la tierra. Y es muy probable que tenga la callada esperanza de que los cohetes nucleares de Corea del Norte sean tan defectuosos como para que se disparen solos y, sobre todo, que acierten en su rumbo. Sería una gran oportunidad “humanitaria” para los médicos cubanos. Pretextos, solo pretextos. Como la pandemia de COVID-19.

Y los cubanos insultos por el precio de una bola de helado, cuando les han estado repitiendo que “nadie quedará desamparado”. Desamparados… Amparo era el nombre de una abuela que se fue del país al principio de la Revolución y al llegar a Miami se cambió su apellido por “Smith” para que fuera más difícil localizarla. Todos hemos quedado desamparados.

Tengamos esperanzas. El gobierno rectificó y la bola de helado disminuyó su precio, aunque sin regresar a los orígenes. Está al alcance de un lengüetazo fehaciente. Solo se ha exigido que los siropes y pregones tengan los colores de la bandera, algo así como: “Viva Cuba / Viva el helado / Viva el Ordenamiento desordenado… / Y que Dios nos coja confesados”.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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