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Editorial: Revolución cambio y fuera

Las protestas recientes protagonizadas por jóvenes artistas cubanos han preocupado al gobierno. Hasta ahora, la Revolución ha descansado en su intrínseca superficialidad aprovechando la estadística como baremo principal. La calidad no importa si está subordinada a la ideología.

Imagen de Heberto Padilla, tomada de El Mundo

Las protestas recientes protagonizadas por jóvenes artistas cubanos han preocupado al gobierno. Hasta ahora, la Revolución ha descansado en su intrínseca superficialidad aprovechando la estadística como baremo principal. La calidad no importa si está subordinada a la ideología.

Y al efecto se han desempolvado las célebres “Palabras a los intelectuales”, pronunciadas por Fidel Castro en 1961. Entonces, los más ilustres e inconformes representantes de la cultura cubana de la época, vivieron la ingenuidad de expresar sus críticas y opiniones más discordantes. De ese discurso salió la frase para todas las batallas posteriores: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Su actualización más reciente es la Constitución vigente, con su socialismo inamovible, su comunismo rector y su culto a los líderes históricos.

Desde luego, la oratoria del comandante relacionaba a la Revolución con el pueblo. Era el año 1961 y a pesar de las improvisaciones reconocidas, Fidel se vanagloriaba de haber reconstruido la Orquesta Sinfónica Nacional enfatizando que 50 de sus miembros eran milicianos. Había que concluir también que “el artista más revolucionario sería aquel que estuviera dispuesto a sacrificar su propia vocación artística por la Revolución”. La suerte estaba echada.

Las “sugerencias” tuvieron efecto inmediato. Circunstancias que “amenazaran al pueblo” eran todas, siempre personificadas en traidores, mercenarios y contrarrevolucionarios adiestrados por el imperialismo. La amenaza estaba en el propio pueblo que podía ser fácilmente engañado. Un círculo vicioso. La crisis de los misiles en 1962, y las resonancias de los movimientos sociales en Europa y Estados Unidos reclamando libertades y derechos, fueron terreno fértil para justificar la censura. También convino la muerte de Ernesto Che Guevara por su representación icónica de rebelde y guerrillero sin fronteras. Se convirtió en símbolo de los hippies cuando en Cuba tener el pelo largo era señal de “diversionismo ideológico”.

Fue la oportunidad de los mediocres. Los intelectuales de fama nadaban en el servilismo. Se convirtieron en burócratas inquisidores si, al mismo tiempo, podían elaborar panfletos que se convertían en “textos de referencia” y ellos mismos en “profesores de excelencia”. Cada artista podía crear lo que quisiera. Si no servía, la obra caería por su propio peso. El asunto es que el lastre (los presupuestos de la Revolución) se colgaba primero. En el otro extremo, exilio u ostracismo.

En 1968, el caso de Heberto Padilla terminó de disipar las dudas. Intelectuales de renombre internacional que habían apoyado a la Revolución cubana, como Mario Vargas Llosa o Jean Paul Sartre, volvieron la espalda. Había pasado la época de las improvisaciones más o menos disculpables. Heberto Padilla fue encarcelado y luego escribió una retractación vergonzosa que leyó públicamente. Desde Europa, Guillermo Cabrera Infante salió en su defensa y Padilla lo rechazó. Murió en los Estados Unidos sin haber podido desembarazarse de sus estigmas. El caso Heberto Padilla inauguró el “Quinquenio Gris”, que fue el telón de fondo para la celebración del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975. El coto quedó cerrado.

Tal ha sido el régimen de terror para los intelectuales y artistas hasta el momento. Ahora, la preocupación del gobierno cubano se demuestra por su premura en responder, en desacreditar. Antes dejaban que el tiempo empañara los hechos. Ahora les preocupa que todos quieran saber quién es Tania Bruguera, por ejemplo, y por qué sus performance molestan a las autoridades. En ese sentido, han sido de gran ayuda los desbordes de la prensa oficialista cubana.

Y es que el arte, por su capacidad de expresión simbólica, puede resumir en pocas palabras (o con unos pocos trazos o unos cuantos gestos) un anhelo generalizado. Y más: puede convencer de la necesidad de ese anhelo y de las ventajas de satisfacerlo. El arte es capaz de transmitir y generar sentimientos. Emociona. Y puesto que emociona, propicia actitudes. Siempre hay aristas y perspectivas por descubrir, ángulos que fueron ocultados por prejuicios. El arte siempre es nuevo, pero necesita libertad. De lo contrario, es mera artesanía utilitaria, una colección de suvenires.

Los jóvenes artistas cubanos han comenzado a señalar esas aristas olvidadas u ocultas. No se ha tratado de la política buscando recursos artísticos, sino del arte (o su intención) intentando mostrar la otra cara de la política; primero, el rostro magro de la política soez que impera en Cuba; y segundo, la posibilidad de que la política tenga un rostro más amable desde el momento en que acepte la libertad de expresión. Estas nuevas voces no pertenecen a diletantes improvisados, sino a profesionales interesados en que la vida mejore.

La síntesis de los tiempos posmodernos indica que el único cambio de lo efímero es la muerte. No se puede pretender derrocar una dictadura con movimientos efímeros porque todo es trillado en lo efímero. Si la Revolución cubana termina sus días a ritmo de reguetón, lo tendrá bien merecido por su persistencia en lo chabacano y por la hegemonía de lo vulgar, burda demagogia de la mediocridad encumbrada. Tales son los ecos de las (tristemente) famosas “Palabras a los intelectuales”, desempolvadas y vueltas a desempolvar.

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