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Ecuador: muchos pendientes y ninguna solución

Mientras enfrentamos una crisis sin precedentes a raíz de la pandemia provocada por la COVID-19, y que no solo nos ha golpeado en el ámbito sanitario sino también en el ámbito educativo, laboral o productivo, con profunda tristeza somos testigos de un nivel de violencia generalizada que difícilmente había alcanzado tal magnitud desde hace décadas.

Por Andrés Ricaurte.

Los primeros meses del año 2021 sin duda quedarán grabados en la historia del Ecuador, y se encaminan a formar parte de nuestro imaginario colectivo, aunque no precisamente por motivos positivos o loables, sino por una serie de tristes, bochornosos, cuestionables y preocupantes acontecimientos que muestran la difícil situación que atravesamos como país y todas las deudas que en materia de derechos humanos venimos arrastrando.

Mientras enfrentamos una crisis sin precedentes a raíz de la pandemia provocada por la COVID-19, y que no solo nos ha golpeado en el ámbito sanitario sino también en el ámbito educativo, laboral o productivo, con profunda tristeza somos testigos de un nivel de violencia generalizada que difícilmente había alcanzado tal magnitud desde hace décadas, y es que, con asombro, vemos como los titulares que copan diariamente los medios de comunicación nacionales se han convertido en una constante crónica roja.

Desde el brutal asesinato de un presentador de televisión ocurrido a plena luz del día en las primeras semanas del año y sobre el cual hasta el día de hoy no se han podido esclarecer plenamente los hechos; pasando por la reveladora y penosa historia sobre las agresiones sexuales cometidas durante años a siete niñas y adolescentes en un cantón[1] cercano a la capital (Quito) por parte de familiares, allegados y vecinos que las ultrajaron de manera despiadada y recurrente; hasta la masacre que en medio de decapitaciones y otros espeluznantes mecanismos se desarrolló simultáneamente en tres centros carcelarios del país y cobró la vida de alrededor de 80 reos, demostrando el fracaso rotundo de nuestro sistema de rehabilitación social y la nula atención que ha existido hacia esta parte de la población.

Estos hechos muestran que la violencia no discrimina, que está afectándonos a todos, aunque claramente los más vulnerables continúan sufriendo con mayor frecuencia sus secuelas. Considero que hablo por muchos ecuatorianos cuando digo que la percepción que tenemos sobre el Estado en el que vivimos es la de un país inseguro, inestable, corrupto y carente de instituciones sólidas.

Es evidente que los problemas que enfrenta Ecuador son cada vez más difíciles de resolver, que los baches sobre los que vamos transitando día tras día están haciéndose cada vez más profundos y que el trabajo para repararlos será largo y costoso. Esperemos que como miembros de la sociedad hagamos un mea culpa y entendamos que, si bien el Estado tiene responsabilidades que a todas luces no está cumpliendo, no podemos escapar de nuestra responsabilidad individual, pues la violencia y todo tipo de abuso empieza cuando el más fuerte pretende a través de la coacción imponerse sobre el indefenso. Esta es una práctica aprendida y transmisible, que empieza en los hogares y se replica en todos los ámbitos de nuestra vida en sociedad, y ahora, quizás más que nunca, las consecuencias están siendo abismales.

Aquellos lemas como ¡Todos somos Ecuador¡ o “Ecuador país de paz” que buscaban unirnos como compatriotas y hacernos sentir orgullosos de esta hermosa y rica tierra en la que vivimos, hoy han quedado como anhelos de aquello que merecemos, pero cada vez alejamos sin cesar, pues la paz es una responsabilidad de todos y se gana solamente con un trabajo mancomunado en el que prime la tolerancia, respeto, diálogo y cooperación, valores que basta con algo tan simple como una breve revisión en nuestras redes sociales para darnos cuenta que, no estamos cultivando.

[1] Unidad de división administrativa y territorial de algunos países.

 

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