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Economía: La producción de los derechos

¿Debe el Estado ser un agente proveedor de cierta normatividad dentro de la cual pueda desarrollarse el proceso social, o debe este abandonar su papel de mero observador e intervenir a fin de dotar de ciertas bases materiales a sus ciudadanos?

Por Daniel Mayorga

Existe un gran debate en torno al papel del Estado en la sociedad civil sobre el que juristas, politólogos, economistas y demás han vertido sus opiniones. ¿Debe el Estado ser un agente proveedor de cierta normatividad dentro de la cual pueda desarrollarse el proceso social, o debe este abandonar su papel de mero observador e intervenir a fin de dotar de ciertas bases materiales a sus ciudadanos? Quienes adhieren a esta última postura son aquellos que promueven la idea de un Estado de Bienestar que, frente a un mero estado de Derecho, satisfaga en mayor o menor medida ciertas necesidades de su población.

De ello ha resultado que muchos bienes y servicios hoy en día sean reconocidos como derechos, a saber, educación, salud, alimentación, vivienda, entre otros, llamando de esta manera al Estado a buscar formas de garantizar el acceso de los ciudadanos a ellos de manera que se haga efectivo el goce de dichos derechos. Mas no siempre fue así.

Ya en el siglo XVIII, Adam Smith visualizaba en su entorno como ciertos mecanismos sociales, instituciones e incentivos que hoy conocemos como leyes de mercado suplían para bien de la población, sin estar dispuesto en Constitución alguna, las más básicas necesidades de los ciudadanos de la época. La competencia entre las Cortes y Jueces como medio para mejorar la calidad y provisión de la administración de justicia en la Europa de la época, la oferta y la demanda en cuanto a la distribución del alimento para satisfacer el hambre, la función de salarios libres en las mejoras de la educación, la crítica a la injerencia de la Corona en el mercado laboral por restringir la “justa libertad del trabajador” y la división del trabajo y el comercio para el progreso en la cruzada contra la pobreza son algunos de los ejemplos que el autor escocés nos presentó en su obra La Riqueza de las Naciones.

Debemos por ello reflexionar el rol que los gobiernos han de tener en el camino de las sociedades hacia la prosperidad. Supuesta la buena fe que personalmente creo que comparten la mayoría de funcionarios públicos, cabe analizar a la luz de la historia cuáles han sido las soluciones que hemos sabido hallar como sociedades para mejorar nuestra situación inicial de precariedad y adoptar sin prejuicios las que han demostrado ser más eficaces, siempre al servicio del ideal que es mejorar la calidad de vida de todas las personas, pero especialmente la de aquellos que más lo necesitan.  El mercado, entendido como un proceso de descubrimiento y cooperación activa protagonizado por iniciativas y creatividad de miembros de la sociedad civil, ha sido desde el surgimiento mismo de las civilizaciones, la mejor herramienta del hombre a este propósito. Puede ser hoy el mejor aliado de los Estados en su tarea de garantizar a los ciudadanos los derechos reconocidos y dar en el acto estándares de vida más plenos a quienes participen de su dinámica e inherentes beneficios.

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