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Economía y libertad: un antídoto para nuestros Estados

Lo cierto es que, como señala la evidencia, los países más prósperos son aquellos que tienen economías más abiertas con mayor libertad económica.

Por Esteban Arias. 

Los países y las naciones son conceptos creados por el ser humano para organizarse e intentar vivir en sociedades con armonía. La organización real que les da cabida a estas estructuras es la del Estado.

Es en los Estados y por los Estados que hablamos de una forma de ordenar el territorio, los recursos y el sistema político y económico en el que vivimos. Pero vayamos un poco más a fondo de cómo están formadas estas estructuras.

El Estado está formado por una serie de instituciones que ejecutan, legislan y regulan la convivencia y la asignación de recursos de sus ciudadanos. Estos Estados se moldean por los políticos que ocupan sus puestos y que cambian cada cierta cantidad de años, según el país.

En América Latina, estamos acostumbrados a que nuestros políticos no gobiernen para los ciudadanos ni con medidas que los vayan a ayudar realmente a resolver sus principales problemas. Esto ha sido así debido a políticos populistas (poco técnicos y que gobiernan generando desunión entre unos ciudadanos y otros), mercantilistas (que dejan que funcionarios y empresarios se alíen a costa de otros ciudadanos) o simplemente incapaces y negligentes.

Es evidente que debemos esforzarnos por mejorar la calidad de nuestras autoridades… pero, hasta que lo logremos, mi reflexión es la siguiente: ¿qué hacemos con la economía?

Lo cierto es que, como señala la evidencia, los países más prósperos son aquellos que tienen economías más abiertas con mayor libertad económica: es decir, donde se abra la competencia con otros países y donde sus ciudadanos sean capaces de llevar sus propios proyectos de vida en libertad, pero sin que eso afecte los proyectos de otros ciudadanos ni de futuras generaciones.

Para lograr eso, o mejor dicho, para lograrlo bien, se requiere una serie de factores como un Estado de derecho estable, instituciones firmes y ciudadanos que respetan y confían en sus instituciones. Es decir, gran parte de la responsabilidad de que esto funcione está en los propios Estados: en que sus integrantes sepan organizarse de forma eficiente, sin corrupción y generando lazos con los ciudadanos. Pero también, y este punto es donde quiero incidir más, dejando que los ciudadanos emprendan y crezcan con sus respectivos talentos, quitándoles trabas burocráticas, impuestos y dándoles facilidades para crecer.

De esto último se deduce que las mejores sociedades serán aquellas que tengan un Estado no enorme, sino con el tamaño necesario para ser eficiente sin llegar a ser asfixiante, que sepa regular, regularse y, sobre todo, que deje crecer al ciudadano.

Y lo curioso es que para que deje crecer, en la mayoría de ocasiones no tiene que hacer nada. El ser humano por sí solo es talentoso y virtuoso y tiene una gran máquina de creación de riqueza: su propia mente. Si tú lo dejas (y si lo ayudas, mejor) salir adelante con su idea, es muy posible que se beneficie tanto a él como a otros ciudadanos a quienes les daría trabajo y por ende bienestar a sus familias.

Pero, entonces, reflexiono: hasta que logremos políticos no corruptos, inteligentes, eficientes, capaces… ¿qué hacemos? Pues, lo mínimo es exigir que se respete nuestra libertad económica: que no nos obstruyan o gobiernen con medidas que afectan nuestro acceso a recursos (como lo hacen, por ejemplo, el mercantilismo y el colectivismo).

Y eso es lo que muchos ciudadanos latinoamericanos aún no hemos entendido. La economía es uno de los asuntos humanos más importantes y lo mínimo que debemos exigir es libertad económica. Sin economía inteligente, hay pobreza. Y casi todos los demás problemas estarán mucho más lejanos de resolverse si hay pobreza.

Entonces, debemos dejar de pensar en ella “como un asunto más” y darle el lugar que se merece. No hay nada más social y más humano que la economía, y debe ser ese uno de nuestros primeros criterios para elegir a nuestras autoridades.

En paralelo, deberemos exigir políticas éticas, inteligentes e inclusivas de mercado, de educación, de salud, de seguridad y que salvaguarden la democracia. Pero no pensemos en estas cosas sin pensar también en el rol que en todas estas juega la libertad económica.

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