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Fray Bartolomé de las Casas: un precursor de los Derechos Humanos

El padre de las Casas vino a América a los 18 años de edad, y fue testigo de los crueles tratos e injusticias de los que eran víctimas los indios americanos. Indignado ante tales horrores por su formación católica y humanista, escribió una serie de textos en los que relataba esta situación y lo denunció ante el Consejo de las Indias, exigiendo su cese y reparación.

Por Daniel Mayorga.

He decidido dedicar este mes mi artículo a recordar a un valioso personaje para la historia de nuestra Hispanoamérica: fray Bartolomé de las Casas.

Nació en Sevilla, presuntamente en 1474, y estudió en la Universidad de Salamanca. Bartolomé de las Casas fue uno de los varios escolásticos que, en respuesta a las grandes controversias y dudas de la época colonial, dieron criterios dignos de gran admiración no solo por su prolijidad sino por su increíble vigencia casi cinco siglos después.

El padre de las Casas vino a América a los 18 años de edad, y fue testigo de los crueles tratos e injusticias de los que eran víctimas los indios americanos. Indignado ante tales horrores por su formación católica y humanista, escribió una serie de textos en los que relataba esta situación y lo denunció ante el Consejo de las Indias, exigiendo su cese y reparación.

En 1550, en el Colegio de San Gregorio, en Valladolid, cara a cara, Bartolomé de las Casas, armado de valor y convencido de sus ideales, entabló un debate histórico con el respetado Juan Ginés de Sepúlveda. De las Casas afirmaba que los naturales de las Indias, y también los negros, eran seres humanos, que tenían alma, razón y por tanto derechos, igual que cualquier español. Ginés de Sepúlveda defendía la postura contraria. A pesar de no resolverse la disputa en un ganador, este debate marcó el inicio de una prolongada y lenta reforma en favor de los derechos de los indígenas y una significativa mejora de su condición.

Fray Bartolomé de las Casas abogaba por la libertad de todos los hombres, que reconocía como inseparable de todo hombre bueno; la propiedad, como derecho natural; la democracia y la justicia, como prolongación de estos dos principios; la legalidad, a la que se refiere de la siguiente manera: los súbditos no están bajo la potestad de quien manda, sino de la ley, ya que no están debajo de un hombre, sino bajo la ley justa; y, aunque cristiano, asombrosamente defendía la libertad de culto de los nativos americanos, en contradicción con muchos de sus compatriotas que imponían con la fuerza el cristianismo sobre los indígenas. De las Casas explicaba que “la forma verdadera y necesaria de predicar el Evangelio es aquella que con razones persuade al entendimiento, y con suavidad atrae, mueve e induce a la voluntad”. Este último aserto nos confirma lo imperturbable que era su tolerancia y su respeto por el prójimo, más digno aún de admirar si consideramos que la época en que vivió este personaje fue una llena de prejuicios y donde no gobernaba precisamente la razón.

Bartolomé de las Casas murió en 1544 y sus restos reposan desde entonces en Valladolid.  Es tan triste, como necesario, que en pleno siglo XXI todavía hagan tanta falta personajes como el padre de las Casas, dispuestos a defender causas justas como estas ante tantos agresores nefastos que no conocen, o no quieren conocer, las enseñanzas de este eminente sacerdote español a quien agradecemos hoy su incansable lucha.

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