Cuba te Cuenta

Somos continuidad ¿de qué?

Desde que la Revolución se instauró en el poder hace más de 60 años, ha existido un proceso de lavado de cerebro e ideas que vayan en su contra. Sin embargo, una revolución es, por esencia, de cambios, de transformación, de novedad. Por eso no es extraño que las nuevas generaciones tengan un gran problema con respecto a qué darle continuidad.

En los discursos de los dirigentes y políticos cubanos, se escucha con frecuencia sobre la calidad de vida, las mejorías económicas y sociales y los proyectos de desarrollo local que ponen al individuo en el centro de esos cambios.

No obstante, cuando ese individuo librepensador aprobado y refrendado en la Constitución, se sale de los cánones establecidos, del formato preestablecido, de las palabras aprobadas para expresarse, entonces surgen las desavenencias y se abre un abismo. Se desarrolla el monólogo del padre a sus hijos.

Entre las primeras frases que traen a colación los dirigentes, son las referidas a los programas que se aprobaron y cumplieron en 1959: la disminución de los índices de mortalidad y la esperanza de vida, el derecho y acceso a la salud y educación gratuitas, a las tierras, la reducción de las tarifas eléctricas, etc. Mas, todo eso ha quedado obsoleto, porque en el mundo entero hay salud y educación gratuita de calidad, las personas de clase media acceden a oportunidades de acuerdo a su talento y preparación y pueden disentir con la política de su país sin ser traidores.

Hoy, un cubano joven sufre episodios traumáticos al tratar de identificar a qué tiene que darle continuidad. Se halla entre lo que ha escuchado toda su vida y la posibilidad real de solucionar y satisfacer necesidades a través de su propio esfuerzo.

En la actualidad, los indicadores de comparación de Cuba se han desvanecido. Hace más de cuarenta años que los índices de 1959 no son récord en ninguno de los aspectos sociales que se evalúan internacionalmente. Esto es más evidente ahora, cuando la realidad nos lleva a través de un reordenamiento que ha puesto de cabeza la pobre economía cubana, azotada, al igual que el resto del mundo, por la Covid-19. Una economía dependiente del turismo, de las remesas, de China y sus plazos de deuda externa, de Venezuela y su petróleo, y de otros renglones fluctuantes.

Los cubanos queremos tener un presente sin sobresaltos, sin sufrimiento y, sin esos bandazos que llevan a pensar que las tiendas en MLC son la solución, luego emitir una nota informativa diciendo que el efectivo en USD es demasiado y no se puede usar en el resto del mundo, pero tampoco se puede vender dentro del país. Los cubanos queremos poder salir adelante con las iniciativas de negocios que aprobaron en 2012, y que cada vez que son revisadas terminan con menos alcance y menos actividades económicas aprobadas.

Este siglo XXI no soportaría otro 1990, fecha que muchos recuerdan por el “período especial”, en el que el USD, además de estar penalizado por la ley, se comercializaba en el mercado negro a 150 CUP.

Haciendo memoria de esos años, parece indiscutible que somos continuidad; pero, ¿de qué?… ¿De los errores? ¿Del discurso culpabilizador del “bloqueo cruel e inhumano” contra Cuba? ¿O de la vista limitada de quienes tienen en su responsabilidad el futuro de 11 millones de cubanos?

Son tiempos que requieren otra revolución.

Renata Santander

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