Cuba te Cuenta

Editorial: El alto precio de las gratuidades

Imagen de la Guardia Costera de los Estados Unidos

Ni siquiera la pandemia de Covid-19 ha detenido la emigración de los cubanos. Quizás, pensando que la atención de las autoridades está centrada en el cumplimiento de las medidas de aislamiento, han llegado a la conclusión de que “para luego, es tarde”.

Preocupa, sobre todo, la emigración ilegal, que desprecia peligros y consecuencias. Esta emigración tiene dos caras. Una es la de los finales felices, aquella que constituye asimismo el comienzo de una nueva vida que, si bien pudiera no ser tan exitosa como se soñaba, al menos basta para vivir y ayudar a la familia que quedó atrás.

La otra cara es más sombría y desconocida en sus particularidades. Está relacionada con cruce de fronteras, selvas y mares. Aquí y allá hay descripciones de vivencias, casi todas sucintas, sin palabras para el terror de lo vivido, más cuando hubo muertes de por medio.

La Guardia Costera de los Estados Unidos, había alertado en el mes de marzo sobre el aumento de un 80 % de la actividad migratoria desde enero, en relación con años anteriores. Por su parte, los medios de comunicación de la isla se limitan a la noticia del número de cubanos que han sido “devueltos”, al número de desaparecidos y a puntualizar que se trata de una emigración alentada por el gobierno imperialista.

Los cubanos tuvieron restricciones para viajar durante décadas. Y cuando por fin vieron eliminada la tristemente célebre “tarjeta blanca”, documento que constituía una especie de carta de liberación, fue para traspasar la responsabilidad a las embajadas y consulados donde se solicitaba el visado, a sabiendas de que serían más las negativas que los permisos, asentada la fama de presuntos emigrantes que tenían los habitantes de la isla.

Comenzó entonces a esgrimirse una distinción de razones: los cubanos no se marchan por motivos políticos, sino económicos. Las razones políticas fueron concentradas en tres momentos: Camarioca en 1965, Mariel en 1980 y la Crisis de los Balseros en 1994. De ellos, los “marielitos” no dejaron buena huella en Miami, tal vez por la profusión de delincuentes que Fidel Castro había liberado de las cárceles para librarse a su vez de ellos y así purgar el país. Y los balseros, en etapa de crisis o fuera de ella, son personas “escasas intelectualmente”, si arriesgan incluso la vida de sus hijos. Es la historia contada por los que gobiernan que, desgraciadamente, muchos deciden creer o repetir, como mínimo, por autodefensa. Hay ocasiones en que la autodefensa es ofensa a los demás.

Todo cubano que decide emigrar por vías ilegales, se convierte automáticamente en un exiliado político. Así lo decide el régimen de gobierno imperante en Cuba, el mismo que ha hecho del patriotismo un acto de reafirmación revolucionaria. La terrible condición de preso social por ser “posible emigrante”, fue instaurada primero en Cuba, cuando el gobierno se arrogaba el derecho de conceder o no la tarjeta blanca antes mencionada. Por otro lado, ¿cómo separar en Cuba las razones económicas de las políticas si la “política” del sistema es una, única y unidireccional?

Que miles de ciudadanos quieran abandonar su país de origen, es la razón principal para el descrédito de su gobierno. Significa que no ha sabido hacerlo funcionar o que lo ha hecho funcionar solo para conveniencia de unos pocos.

Sin embargo, el daño más grande se observa en la mentalidad de los que permanecen. Está expresado en esa frase que fue consigna y luego ha perdurado como falso criterio de pertenencia: “Al que no le guste, que se vaya”. Irse, es decir, salir del país, marcharse al exilio, abandonar la tierra. Irse, es la solución en Cuba, la solución existencial de los individuos y, a su vez, la solución política del gobierno.

El gobierno cubano parte del principio de que todos los cubanos están endeudados con él. Por paradójico que parezca, siempre es alto el precio de las gratuidades. No es de extrañar cuando el Estado es un aparato monstruoso que no produce nada. El Estado vive de exigir esfuerzos y de culpabilizar a enemigos externos e internos. No prosperar le sirve para acusar a los primeros y ciertas utilidades le sirven para acusar a los segundos. Y los segundos que no estén de acuerdo, “que se vayan”. Así se convierten en primeros. No hay escapatoria. En Cuba, el Estado y el gobierno son los dos nombres del mismo engendro.

Falta mucho para lograr la anhelada libertad en Cuba, aun cuando se produzca un cambio y se instaure la democracia. Será necesario luchar contra la mentalidad esclava adquirida por ósmosis, lastre que intenta imponerse en toda circunstancia. Mientras tanto, no faltan oportunidades de coerción para afianzar más esa mentalidad. Ahora lo son, por ejemplo, las vacunas Abdala y Soberana 02, último grito de victoria del gobierno cubano.

El mundo observa a Cuba y no son pocos los que aplauden los “esfuerzos” del gobierno. También hay ingenuos en el mundo. Olvidan que todo esfuerzo tiene que ser pagado más tarde o más temprano. Y en dictadura, todo esfuerzo del gobierno es un expolio al pueblo. No es otra cosa la llamada Tarea Ordenamiento, por citar solo un ejemplo reciente.

Antes de aplaudir, que el mundo observe primero los mares alrededor de Cuba, sobre todo al norte. Y que se duela al encontrar la imagen de una balsa vacía y al leer la noticia de los desaparecidos que nunca llegarán a costa alguna. Porque los cubanos seguirán marchándose de la isla, sin lugar a dudas, pagando con su muerte los beneficios invisibles de la propaganda socialista.

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