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Crónicas de la Rebelión (Parte 3)

Ahora está la migaja de liberar temporalmente la entrada personal de alimentos y medicinas, mientras el presidente de los Estados Unidos ordena que se cree una comisión para analizar la posibilidad de enviar remesas a Cuba. Joe Biden debería hacer sus compras en la isla con una tarjeta CUP.

No debemos preocuparnos. Habrá paz. Cuba no será nunca la tierra prometida que “mana leche y miel”; pero hallaremos grifos en cada esquina para servirnos dosis gratuitas de dignidad, porque el calor confunde y amenaza las convicciones. No debemos preocuparnos los cubanos. Todo ha sido la mentira generada por los enemigos en la realidad virtual de las redes sociales.

Eso han dicho de los vándalos cubanos del siglo XXI. De película. Desgranando los (posibles) bulos de gente que dedica su tiempo a la adulteración de fotos y videos, abruma el remanente mayoritario de marchas y gritos, de rodillazos y empujones. Acusados de portadores de odio, quienes han seguido las noticias están abrumados, a su vez, por la tristeza. En rigor, si de un vándalo no se puede esperar más que vandalismo, de un agente del orden público cabe esperar algo más que no sea represión. Mas, ¿quiénes son los vándalos?, ¿es suficiente catalogar un hecho como vandálico para inmediatamente colgarle la etiqueta de “delincuente” al que lo comete?

Si le preguntamos a Genserico, rey de los vándalos en el siglo V, saqueador de Roma en el año 455, respondería lleno de orgullo: “El vándalo soy yo”. El rey se apropia de los usos y costumbres que lo conducen y lo mantienen en el poder, sin importarle que sean cruentos. En la actualidad, hubiera despreciado a los gobernantes que intentan descargar sobre su pueblo las responsabilidades propias.

Así las cosas, cabe preguntarse si las expropiaciones en los comienzos de la Revolución fueron actos vandálicos. Se olvida que el comienzo del embargo de los Estados Unidos a Cuba después del triunfo revolucionario de 1959, tuvo lugar precisamente por la intervención de empresas y propiedades norteamericanas. Y se especifica “después del triunfo revolucionario”, porque antes, en 1958, durante la dictadura batistiana, se impuso para impedir la comercialización de armamentos. Por alguna razón (y sin ánimo de justificar), los embargos económicos están relacionados con regímenes dictatoriales.

Entre las tantas imágenes de los acontecimientos del 11 de julio en Cuba, hay una (no trucada) terrible y sintomática, casi antológica, susceptible de aparecer en una cinta que pretenda el homenaje a la miseria: la del anciano que se atreve al asalto de una tienda y aparece abrazando su conquista: rollos de papel higiénico. ¿Carecía de agilidad para llegar el primero a productos más apetecibles? Recuerda aquella escena de “La muerte de un burócrata” en la que, aprovechándose de la confusión y el sinsentido de la batalla a la entrada del cementerio, un perro se escabulle con un hueso (humano) en la boca.

Pero no hay que preocuparse por este Súper Mario social cubano. Todo juego tiene límites. No hay memoria personal o histórica que aguante un número infinito de variantes. Llegado un punto, se repiten los motivos y debe retornarse al primer nivel del juego, después de agotar las “vidas” que ofrece la programación inicial. Se sabe que la obtención de premios en el trayecto, puede aumentar el número de oportunidades para extender el juego y pasar a niveles de mayor complejidad. Si en los primeros se ofrecen advertencias, en los segundos aparecen las golpizas. Por eso se regresa una y otra vez a los “logros” de la Revolución. Un acto de reafirmación revolucionaria no es más que la afirmación de la ineptitud y de la carencia de recursos, un puñado de loas a los asesinos de la imaginación. Cabe preguntarse cuántas “vidas” ofrecerá el papel higiénico si es la comida la que escasea.

¿Qué tienen hoy los cubanos? Mucho agotamiento. Y mucho escepticismo, si es que puede aplicársele una categoría filosófica a la inanición moral. Decía un gran pensador que (casi) toda inmoralidad proviene de la postergación de las promesas, por parte de aquellos que se han situado en posición ventajosa para cumplirlas, apoyados precisamente en la supuesta superioridad moral de sus intenciones. Es inmoral ofrecerle una doctrina a aquel que tiene hambre y pide pan. Punto. No más explicaciones. Los actos vandálicos son el subproducto de las promesas no cumplidas. Nunca están justificados porque no generan equidad ni justicia; pero tienen historia. Y en el análisis hay que sentar a conversar a todas las partes.

Y desechar el saco. No todos son revolucionarios. No todos son delincuentes. Es más probable encontrar delincuentes entre los revolucionarios que revolucionarios entre los delincuentes. Los problemas se resuelven fácilmente cuando se reconocen los errores y las diferencias. No se puede esperar nada bueno de quien se equivoca y justifica su yerro con hierro porque el culpable es el totí. Lo fundamental para que alguien (persona, institución o gobierno) sea creíble, es que no insista en tratar a sus posibles interlocutores como imbéciles. La miseria no es bruta. Solo le urge vivir. No dispone de tiempo para psicoterapias de grupo, mucho menos si el psicoterapeuta vive en otra dimensión espacial.

Apenas una semana después de los acontecimientos del 11 de julio en toda Cuba, el empeño gubernamental es insistir en que la razón le pertenece. Ahora está la migaja de liberar temporalmente la entrada personal de alimentos y medicinas, mientras el presidente de los Estados Unidos ordena que se cree una comisión para analizar la posibilidad de enviar remesas a Cuba. Joe Biden debería hacer sus compras en la isla con una tarjeta CUP.

“Seamos realistas: pidamos lo imposible”, decían los jóvenes en las revueltas de Mayo de 1968 en Francia. Un grito que persiste como divisa contra la resignación, a pesar de haberse equivocado al elegir la imagen de Ernesto “Che” Guevara como icono del progreso y del “hombre nuevo”. Quizá los “confundidos” delincuentes cubanos, inmersos en el engaño virtual, debamos gritar entonces: “Seamos imposibles: pidamos la realidad”. Es poco original, pero tiene buen acervo, siempre que se excluya la susodicha imagen.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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