Cuba te Cuenta

¿Por qué cuesta ser imparciales con las dictaduras?

Cuba no es un paraíso, tiene muchos problemas y se registran cientos de vulneraciones de derechos humanos de sus ciudadanos.

Autor: Esteban Arias.

Estas semanas, Cuba se levantó después de muchos años. Y rápidamente, en Latinoamérica, surgieron las reacciones. Hubo grupos que condenaron el levantamiento. Otros que lo apoyaron pero relativizándolo. Y otro que lo apoyó sin mayores peros.

Los grupos que condenaron el levantamiento son aquellos que guardan vínculos reales, familiares o emocionales fuertes con la dictadura cubana. Estas personas sufren de una alienación mental con las ideas revolucionarias a tal nivel que son capaces de cuestionar a quienes luchan por su libertad, por ser menos pobres y tener más oportunidades. Lo positivo de lo sucedido en la opinión pública estas semanas es que, este grupo, a diferencia de antes, no ha sido muy numeroso.

Ahora bien, el grupo que lo apoyó pero lo relativizó es posiblemente aún la batalla más grande para quienes creemos en la libertad. Se trata de personas que entienden que Cuba no es un paraíso, que tiene muchos problemas y violaciones de derechos humanos pero que: a) estos no son mucho mayores que otros países de América Latina (como si eso fuera un atenuante) y/o b) que sus desgracias se deben sobre todo al embargo (mal llamado “bloqueo”) económico impuesto por los Estados Unidos.

Respecto a la primera razón, lo primero que hay que decir es que todo país donde se limite una libertad (sin que sea para salvaguardar la libertad de otro) es un hecho que ya es condenable, o al menos, reclamable: que se debe exigir una explicación, la cual, de no ser racionalmente contundente, debe revertirse inmediatamente. Cualquier otra salida estaría violando el contrato social que los ciudadanos tenemos con el Estado.

Respecto de la segunda, si bien el embargo económico limita hasta cierto punto el comercio de Cuba con los Estados Unidos (lo cual, si guardamos coherencia con el argumento anterior, no debería suceder), este es mucho menor de lo que se piensa y no tendría por qué frenar el desarrollo del país isleño.

¿Cómo es esto? EEUU prohíbe que sus empresas comercien con Cuba, sin que eso aplique para el resto de países. De hecho, según el Observatorio de Complejidad Económica (OCE), Cuba comerció por más de US$6,000 millones en el 2019.

Además, según el informe económico y social de la Oficina Económica y Comercial (OEyC) de España en La Habana de este mismo año, se explica que el Estado cubano, quien es el único importador del país, impone márgenes comerciales para las licencias de importación de entre 180% y 240% a los productos destinados a la venta al público. Esto, naturalmente, es excesivamente alto y genera (y seguirá generando mientras que sea un monopolio) escasez y pobreza en la isla.

Entonces, acá tenemos un grave problema de información: su ausencia siempre traerá ignorancia, y como el ser humano es emocional y el latinoamericano está especialmente dolido, esa ignorancia, casi por regla, siempre será atrevida. Esto lleva a que cuando ciertos modelos autoritarios se acomodan a nuestra forma de pensar, los validamos, pase lo que pase. Entonces, no nos importará escuchar argumentos racionales que demuestren lo contrario.

Falta educar en la costumbre del pensamietno crítico: cuando construimos información buscamos siempre aquella que respalda lo que ya pensamos. No solemos, por ejemplo, googlear “crítica a/ contraargumentos a [inserte idea en la que ud. crea]”. Si lo hiciéramos, posiblemente estaríamos más cerca de la verdad.

Lo cierto es que nos educamos con sesgo porque lo emocional nos pesa más. Y no quiero que esto se entienda mal: lo emocional sirve muchísimo. Sentir te permite entender que hay un problema que debe ser solucionado. Pero es neccesario trabajar para que esa emocíon sea realmente inclusiva, con todas las personas, con todas las formas de pensamiento. Eso implica usar el método científico y todo tipo de forma de pensamiento racional. Solo así podremos potenciar nuestra emoción con verdad y darnos cuenta de cuál es el verdadero problema.

Solo así dejaremos de estar con los ojos cerrados a las constantes faltas de libertad que surgen en nuestro continente.

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