Cuba te Cuenta

Bienvenidos a las Olimpiadas de Cuba socialista

Es obvio que, por principios, un comunista no puede dejar de levantarse con el pie izquierdo, algo que para el mínimo común de los mortales es sinónimo, metafórico y efectivo, de equivocación.

Aylín comienza con malos pasos. Aylín Álvarez García, Primera Secretaria Nacional de la UJC; nueva, flamante, recién estrenada en el cargo. Una más con idéntico discurso. Bien pudiera llamarse Ermenegilda o Desideria. Es lo mismo. Los nombres se subordinan a las tareas, al sacrificio, al pueblo. Somos Cuba. Hacemos Cuba. Viva Cuba… ¡Pobre Cuba!

Aylín se levanta con el pie izquierdo y convoca a una caravana, aunque no es seguro que la idea fuera exclusivamente suya. Nadie sabe cómo surge ese tipo de ideas tan geniales, tan abarcadoras, tan exclusivas. Bien mirado, la victoria hay que atribuírsela a la omnipotencia del calendario revolucionario, tan pródigo en reveses convertidos en victorias, en inauguraciones, en muertes oportunas, en el tránsito de alguien importante por un lugar que se convirtió en importante gracias a ese tránsito. Hay que ser muy cuidadoso con las heridas. Es menester que permanezcan abiertas y sangren.

La caravana… Por la paz, la unidad, la solidaridad y el amor. Así la llamaron. Era el aniversario 27 del Maleconazo. En 1994, los habaneros protagonizaron manifestaciones similares a las del pasado 11 de julio. Entonces, Fidel Castro llamó “victoria popular” a la represión ejercida contra los manifestantes. Cuando en Cuba los discursos hablan de victoria popular, la gente se encoge instintivamente. Victoria popular es sinónimo de golpes, detenciones y cárcel. Entonces la “vanguardia” de la juventud (la UJC) sale a pasear en bicicletas y lo festeja.

Por supuesto, los medios oficiales aclararon que se habían respetado las medidas de limpieza y distanciamiento, algo que resulta contradictorio cuando las palabras “bulto de personas” no son precisamente una metáfora. Es dudoso, sobre todo, que las banderas pasaran por un baño de hipoclorito sódico antes de lanzarse al viento. Y ya tienen algunas aglomeraciones en sus espaldas de tela histórica. De manera que, una vez astadas, se convierten en potenciales propagadoras de virus y otras menudencias, tal y como sucede cuando a alguien se le ocurre estornudar frente a un ventilador en marcha.

Pero todo está bien si el acto es bendecido desde las alturas. Ahí tenemos al Dr. Francisco Durán, primero entre los epidemiólogos cubanos, haciendo un alto en su rosario diario de estadísticas y regaños, para constatar las bondades de la caravana y decir entre renglones que la izquierda es inmune a los embates enemigos, llámense virus o vándalos. Lo de “confundidos”, a raíz del 11 de julio, fue también una confusión, pues hasta los dioses tienen derecho a equivocarse si se trata de ser benevolentes.

En crisis, hay que aferrarse a los respiros. Los muertos no cuentan cuando se trata de la gloria del país. Se minimizan los decesos y se cuentan las medallas, por ejemplo, de las Olimpiadas de Tokio. Las medallas cubanas, se entiende. Mire usted, que siendo Cuba un país bloqueado y etcétera, ocupó el lugar 14, superando así los resultados alcanzados en las Olimpiadas de Río de Janeiro. Mención especial, por supuesto, al boxeo, el “buque insignia” del deporte cubano.

Y dentro del boxeo, a Julio César la Cruz, quien venció a otro cubano “fanfarrón” que competía por España y que había prometido “arrancar cabezas”. Y Julio, Julito, “la Sombra”, gritó en su victoria: “Patria y vida no. ¡Patria o muerte, venceremos!” (ovación). Suficiente para destronar a Mijaín López, campeón de lucha greco-romana, otrora solitario abanderado, y acompañarlo en el descenso del avión tirando ambos de la enseña nacional. Y para leer el comunicado frente al presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Ellos dicen “¡Juramos!” como en la iglesia se dice “¡Oremos!”

Un respiro las Olimpiadas. La gente viendo el deporte con la televisión en mute, porque la narrativa de los (vitalicios) locutores cubanos… ¡Uf! Además de la preocupación y el luto. Un ojo en la tele y el otro en el móvil: los mensajes desesperados de amigos y familiares, las imágenes de lo que está sucediendo en los hospitales, el colapso generalizado del sistema de salud y del ánimo, las muertes cada vez más contantes y sonantes, los entierros sin sepelio, las despedidas truncas, las cuentas que nunca podrán ser ajustadas…

Mientras tanto y tristemente, la búsqueda incesante de la posibilidad de irse del país en cuanto se pueda. Que la pandemia es global, no importa. Que la variante delta del virus es más agresiva y contagiosa, no importa. Solo importan los horizontes. Si hay que morir, al menos no morir con la miseria en el cuerpo y en la mirada. O en la mente. Morir sin la obligación de contemplar una fotografía de Fidel Castro cantando su megalomanía desde alguna pared desconchada o desde alguna vitrina vacía. Morir sin la obligación de escuchar una consigna política o el chantaje de las gratuidades. Morir sin ser envuelto en un sudario de justificaciones.

Es obvio que, por principios, un comunista no puede dejar de levantarse con el pie izquierdo, algo que para el mínimo común de los mortales es sinónimo, metafórico y efectivo, de equivocación. Lo peor es cuando esos yerros se hacen endémicos, porque entonces no pueden conjurarse ni con los rituales más ancestrales, si alguno queda sin haber sido trastocado en show para turistas. Es un llamado de atención al riesgo de pretender que las soluciones pueden derivarse de los mismos que arman los errores. Imposible. Lo malsano también lucha por sobrevivir. Y si tiene el poder, la supervivencia es un deporte. Bienvenidos a las Olimpiadas de Cuba Socialista.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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