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Cuba: La trova que traba

Ya es un tópico ese chico con guitarra que ameniza las reuniones de comprometidos revolucionarios con algún número de Silvio Rodríguez. Ameniza y amenaza cuando inserta, entre las coles seguras de la trova consagrada, la lechuga de un número propio que habla de un socialismo manierista, ideal para salvarse del linchamiento el día de mañana porque la canción “no decía” sino que “quería decir”.

Tan preocupante como la gerontocracia que reina en Cuba tras bambalinas, es la camada de jóvenes que pretende estar diciendo verdades y denunciando corrupciones. La camada revolucionaria, claro está.

Muchos de estos jóvenes ayudaron en los barrios en las etapas crudas de la pandemia. Regresaron con testimonios que oscilaban entre la emoción por lo bien que fueron recibidos y la amargura porque no siempre fueron bien tratados. La cuestión es que lo decían como el marciano que acaba de aparcar su nave espacial. ¿Dónde estaban esos muchachos cuando los chinos invadieron el mundo?

La camada revolucionaria no puede hablar de otra manera. Haciéndole honor al prefijo, para ellos es importante y conveniente redescubrir Cuba, reafirmando que la isla sigue siendo la más bella que ojos humanos vieron y verán. Las ruinas tienen valor histórico. Si Grecia tiene lo que queda del Partenón, Cuba tiene lo que queda de las vaquerías inauguradas por Fidel Castro. Y con mitos. Recuérdese a Ubre Blanca.

La camada revolucionaria artística. Tenían que ser ellos, si han sido otros jóvenes artistas los que han impulsado demandas y protestas desde finales del año 2020. Para distinguirlos, a estos últimos se les llama mercenarios. Sendero trillado, en un mundo de matices, el que escogen los revolucionarios, infantiles en su creencia de que en verdad están fabricando un país a la medida de sus anhelos. Hacen amago de criticar a la dirigencia; pero siempre hablan dando rodeos: algunos dirigentes, algunos funcionarios. Los nombres quedan reservados para la alabanza, que es la garantía de la continuidad… de sus privilegios.

Y son atrevidos. Hablan de la oratoria como duchos en la ducha. Pudiera aceptarse el (también infantil) elogio a Fidel Castro como gran orador, dejando a un lado que era más hipnótico que convincente, sobre todo si se tienen en cuenta los destinatarios de sus discursos, bien empapados en noticias sobre purgas y consecuencias políticas. Pudiera aceptarse, si luego no situaran a Raúl Castro y a Miguel Díaz-Canel en la misma cuerda retórica. Quizás estos jóvenes (artistas y revolucionarios), accedieron a las obras de Marco Tulio Cicerón a través de una traducción exclusiva de Juana Bacallao.

No se critica a la juventud, cruce de caminos, lugar de tópicos e idealismos, aun en la desesperanza. Se crítica a esa selección tan preocupada por desechar al resto y creerse con derecho a quitar y poner historia. Un representante de esta camada ha dicho que estaba cansado de escuchar sobre el Período Especial de la década de 1990. Él no había nacido entonces, no le importaba, no era su tiempo. Puede entenderse. Cuba no ha cambiado. Sigue siendo tan miserable como en esa época. Este muchacho no tiene tiempo, porque las mismas palabras que describen el pasado son las que describen su presente.

Su presente, que es aplaudir la iniciativa de sembrar boniatos en los canteros de la calle. Así contribuye a la economía del país. Y no es un mal muchacho. Ahí está, servicial, alegre, siempre dispuesto a la fuma y a la labia. Lo suyo no es el trabajo en sí, sino entretener a la gente después del trabajo. Lo suyo es la trova, el intento por hacerle creer a los guajiros que tiene poesía trabajar en el campo de sol a sol; y después, regodearse en los discursos acerca de que el bien colectivo transforma el mundo. La trova, en su acepción de discurso barato, cansino, repetitivo, aburrido, vacío.

Ya es un tópico ese chico con guitarra que ameniza las reuniones de comprometidos revolucionarios con algún número de Silvio Rodríguez. Ameniza y amenaza cuando inserta, entre las coles seguras de la trova consagrada, la lechuga de un número propio que habla de un socialismo manierista, ideal para salvarse del linchamiento el día de mañana porque la canción “no decía” sino que “quería decir”.

Mueve a risa y a rabia hablar de amor como en una catequesis, dejándoselo todo al Todo para luego decir que el Todo es la parte revolucionaria, combativa y comunista del pastel. Totalitarismo infantil y exclusivismo excluyente. Servicial ese muchacho que siembra boniatos en canteros. Y canta, además de golpear a los otros (mercenarios) con su guitarra y un garrote si el presidente lo ordena.

Ese muchacho que representa, si acaso, a una organización de jóvenes sesgados en un país cuyo gobierno solo admite organizaciones paridas por él mismo. No pertenece siquiera a una minoría elegida, sino una minoría señalada. Ese muchacho que, revestido de diplomas, se convierte en potencial ministro del futuro, tan inocuo como los del presente. Al menos tendrá adelantado el silencio, cuando al cabo de unos años algún joven le diga, tal vez acompañado de guitarra, que no quiere escuchar más sobre la época del coronavirus, porque no le importa.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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