Cuba te Cuenta

15N: Clases de tumbas y trincheras

Y los que de buena gana acepten esgrimir un garrote para golpear a su vecino… pues que tengan paciencia. De alguna manera, el golpe regresará a sus vidas. Quizás no se trate del juicio divino. Siempre, en cambio, será un juicio atinado.

Han sido casi dos años sin clases presenciales desde que se desató la pandemia de Covid-19. Se ha hablado mucho del estrés generado por el encierro, de su repercusión psíquica, de la necesidad de cautela en el momento de rehacer la vida social, si las amenazas no están todas desterradas.

Los muchachos, como es lógico, exultan. Desean el reencuentro, volver a comentar sus anhelos, posiblemente reinventarlos. No fue suficiente el contacto por redes sociales. Ellos, tan criticados por su apego enfermizo a la tecnología, son los primeros en intentar rehacer su vida en directo, más allá de los memes, intentando reírse de la insistencia en que han regresado al “combate” y a las “trincheras”. ¿Es que alguna vez tuvieron tregua?

Les gusta comentar, a su manera, la historia que les ha tocado vivir. No están satisfechos, aunque los supongan de espaldas a la realidad. Quieren sus propias respuestas. Y para una gran mayoría más o menos anónima, la respuesta es retomar el papeleo que les garantice la salida del país si se ofrece la ocasión.

Por otro lado, la coyuntura es delicada. El temor se amplifica por la cercanía de la Marcha pacífica convocada por el grupo Archipiélago para este 15 de noviembre. Imposible precisar la cantidad de personas que se han sumado a la iniciativa cívica. La campaña de descrédito generada por el gobierno, solo permite aventurar que le preocupa el alcance de otro desborde social. Hay preocupación generalizada. La gente quiere cambios; pero nadie quisiera que los cambios pasaran por encima de sus hijos.

Han comenzado las clases presenciales y los muchachos han vuelto a topar con el sempiterno muro de prosopopeyas políticas. Tienen que concluir entonces que, digan lo que digan los discursos, ellos no son importantes para nadie desde el momento en que los suponen fáciles presas de reclutamiento terrorista. Regresa la duda sobre el éxito del sistema educacional. No es tan bueno si “cualquiera” puede convencer a los alumnos sobre un cambio de rumbo.

Tienen que sentirse ajenos estos muchachos. Todos han sentido la muerte de alguien cercano, familiar o amigo, posiblemente sin tener la posibilidad de despedirse. Muchos han conocido o sufrido en carne propia la injusticia de ser coartados en sus derechos. Después de una experiencia límite, se le pierde el respeto a la vida y a la muerte. Los muchachos regresan a las clases con uno o dos muertos en la memoria, y puede que también con uno o dos condenados en las cercanías. Y la primera charla que reciben es sobre la obligatoriedad del resentimiento.

Los padres se preguntan qué hacer el lunes 15 de noviembre: dejar a sus hijos en casa o llevarlos a la escuela, ambas opciones con consecuencias más o menos previsibles teniendo en cuenta lo planificado. Si bien la Marcha ha sido convocada para horas de la tarde, es presumible que la atmósfera de la mañana sea asfixiante, como lo está siendo ya, puesto que la calle “es de los revolucionarios”, con consignas y garrotes si es preciso. Se han anunciado múltiples actividades de reafirmación revolucionaria con niños y jóvenes como protagonistas. El escudo de la Revolución. Y los padres siguen entre dos aguas: impedir que los niños asistan y asumir las consecuencias del “señalamiento” o someterse a la obediencia tantas veces repetida.

Ni siquiera se trata de la participación en la Marcha. Cualquiera puede querer cambios y no considerar las protestas como mecanismo viable y que se guarde Freud su análisis psicoanalítico. Lo peor es la aceptación de la coerción pasiva, sean test amenazantes para mantener en vilo el otorgamiento de alguna carrera universitaria en el futuro, o la aceptación de que el niño se disfrace de “barbudo” en una actividad escolar solo para que no “se marque” desde pequeño. Esa historia de marcas y desmarques ha sido el hilo conductor de los chantajes revolucionarios. Es el fantasma que ha parido la falsedad: el abuelo que asintió; el padre que no estuvo de acuerdo, pero siguió asintiendo; el hijo al que le importan un bledo el abuelo y el padre y lo que quiere es irse (del país) y sigue asintiendo para no tener antecedentes penales.

Sería un buen apoyo para la Marcha que aquellos que no marchen, no lo hagan en ningún sentido. Si son religiosos, que oren como mejor sepan para que la violencia no se desate; pero que no asientan para evitar “marcarse”, que no le hagan número a la iniquidad con la que no están de acuerdo. Que no apelen a la mala memoria de los disgustos, porque los agravios son rencorosos. Y los que de buena gana acepten esgrimir un garrote para golpear a su vecino… pues que tengan paciencia. De alguna manera, el golpe regresará a sus vidas. Quizás no se trate del juicio divino. Siempre, en cambio, será un juicio atinado.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

Comentario

Facebook

Suscribete al Newsletter

Síguenos

Don't be shy, get in touch. We love meeting interesting people and making new friends.