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 Cuba: Una cultura de la impostura

Si no bastaran las acciones para demostrar la impostura de los líderes, sería suficiente con esperar sus hagiografías.

Decir que el capitalismo era malo y el socialismo era bueno, iba más allá de aprobar un simple examen de marxismo. Fue una reducción facilista y conveniente que aún se sigue utilizando, no para justificar orígenes como entonces, sino para justificar continuidades. “Continuidad” es la palabra clave para entender la impostura del gobierno cubano y, por supuesto, la impostura de su contraparte, el pueblo cubano.

El pueblo no tiene más vida que la permitida por un paréntesis, siempre breve en relación con el discurso. Antes, los discursos de Fidel Castro eran reproducidos en los rotativos nacionales. Pretendían ser coloquiales al transcribir hasta los fragmentos en que el líder interpelaba a las masas para recibir la respuesta deseada y unánime en aclamaciones. Y tal respuesta aparecía resumida con la palabra “ovación” encerrada entre paréntesis. Ese era el pueblo. Y lo sigue siendo, ahora con el paréntesis de un artículo constitucional que prescribe la irrevocabilidad del socialismo.

Sin embargo, quien defiende al pueblo termina desentendiéndose de él. Y asimismo quien lo ataca. Ambos se consideran excepciones a la regla, paso previo para convertirse en la regla de las excepciones, lo cual evita la competencia y garantiza la continuidad-perpetuidad. En algún momento histórico, “pueblo” fue una condición impuesta por las necesidades circunstanciales del hambre. El pueblo no va a los restaurantes, donde los individuos escogen lo que quieren comer porque antes eligieron ir a ese restaurante en particular. El pueblo se (mal) alimenta en comedores obreros donde nada se escoge, ni el arroz de las piedras.

Mal alimentado, el pueblo es una impostura, una engañifa con resonancias. El líder grita y exige retintines. Y para ello construye muros. Un muro es la pared hacia donde se lanza la pelota que regresa y es atrapada. Es también la pared que responde “¡Viva!” cuando el líder grita “¡Viva!” después de atrapar la pelota. El pueblo no es la pelota, sino el muro. Hay que destruir el muro para que el líder deje de jugar. ¿Hay que destruir, entonces, al pueblo? Tal vez destruir el concepto de pueblo, romper el paréntesis, dejar la ovación.

Todavía se está investigando hacia dónde cayó el Muro de Berlín y sobre quiénes cayó. Más allá de las leyes físicas, existe una metafísica sin leyes que no pocos soñadores quieren ver como primigenia. Por obra y gracia del poder, todos los líderes terminan siendo metafísicos, aunque en buena lid y en buena lógica tendrían que haberlo sido desde sus comienzos. Si no bastaran las acciones para demostrar la impostura de los líderes, sería suficiente con esperar sus hagiografías.

Por suerte, en los tiempos que corren hay premura en llegar a santos antes de ser canonizados. Ya no se espera por la vox populi ni por el milagro post mortem; sino que en vida se le impone una voz al pueblo y se le obliga a ser protagonista del milagro de la transformación social, sin importar que al cabo de los años ⸺cinco, diez o sesenta⸺, siga el mismo. Cansado, pero el mismo. O por eso mismo, cansado. Los aplausos son mejores embalsamadores que los antiguos egipcios.

Es entonces que se habla de la cultura como en otro tiempo se habló de la moringa y del noni: panacea instantánea. Mézclese la cultura con un poco de agua, mejor si turbia, e ingiérase antes de cada ataque enemigo. O después. Habla el presidente, deshaciéndose en minucias mientras desmenuza la cultura. Y lo dice como desde el plano astral, a medio camino entre el “yo quiero” y el “yo no fui”. Cultura del detalle, cultura del gesto, cultura del distanciamiento…

Cultura de la incultura para “regresar” a los barrios y reeducar a la juventud en todo aquello que ha faltado o se ha perdido. Y para conversar, dice, porque el gobierno tiene “voluntad política”. Hace falta tener cultura política para acercarse a los olvidados. Si fuéramos terraplanistas, nos hubiéramos despeñado todos a fuerza de marginalidad.

Con el tiempo, a tanta impostura no le queda otra solución que la necrofilia, ese coqueteo infecto con la muerte y sus vecinos: Patria o muerte, ya se sabe. O su antecedente más explícito: “En el 56, seremos libres o mártires”. Lo dijo el propio Fidel el 25 de noviembre de ese año, al partir desde Tuxpan en el yate Granma. La impostura, si triunfa, vive de homenajes, el primero de sí misma. No tiene tanta importancia que Fidel muriera el 24 o el 26, si podía morir perfectamente el 25 de noviembre, sesenta años después, para homenajear partidas.

Homenaje para la manada. Los derechos individuales solo pueden reclamarse cuando se deja de pensar como rebaño, lo cual es imposible, porque no existe pensar en los tropeles. Piénsese en las tropas, si se quiere hacer el juego; piénsese en la alabada uniformidad de sus desfiles y el denigrado tropelaje de sus derrotas, acusadas, estas últimas, cuando se trata de uniformar al pueblo y ponerlo a combatir fantasmas con escopetas de palo, disparando insultos. Incultura e impostura por ósmosis política. No hay otra cosa en el socialismo. Nunca la hubo. Por eso cuando se va, no queda nada. Ni pueblo. Solo suvenires de la memoria perdida de algunos desquiciados. Socialismo o muerte… Y que valgan la redundancia y las imposturas.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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