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El viejo slow fashion cubano

Al revisar en internet sobre cultura y sociedad, sobre todo en publicaciones internacionales, salta un tema muy llamativo: el slow fashion. Esta tendencia, entre otros aspectos, lleva en su esencia la sostenibilidad, el reciclaje y la extensión del tiempo de vida de la ropa.

Pensando en esas características, vienen a mi mente los años de mi infancia, cuando mis mejores galas eran heredadas de mis primas. Desde accesorios hasta zapatos. El botín se repartía en dependencia de los afectos. Cada una de las primas tenía sus expectativas con respecto a la entrega; pero siempre terminábamos complacidas. Había en aquel entonces una escasez extrema. Eran los 90´s, el conocido Periodo Especial. Sin embargo, nunca pasó por mi mente la situación económica del país, un poco por la edad y mucho por el orgullo de lucir prendas que estaban en buenas condiciones. Decíamos con satisfacción: “Esa blusa la usé yo con cuatro años”. Otra posibilidad era que en casa hubiera una costurera. Telas de algodón, lienzo o tejidos a crochet se volvían la sensación. El diseño se copiaba de las pocas revistas de moda a las que teníamos acceso. Y se adaptaban. Sé que es mi recuerdo ahora, al cabo de los años; pero parecía como un proyecto colaborativo.

Luego, la alegría surgió con las tiendas de ropa reciclada, pertenecientes a la Dirección de Comercio y Gastronomía, también llamada Comercio Interior. Era como buscar una aguja en un pajar, es cierto; pero generaba adrenalina el pensamiento de poder adquirir en moneda nacional ropa de marcas como Polo, Ralph Lauren, Victoria Secret, Armani, o Banana Republic. Entre el diseño, la tela y los colores, me sentía una modelo de pasarela, con el añadido de que nunca se corría el riesgo de encontrar una pieza similar.

Más tarde, aquellas tiendas de segunda mano o de ropa reciclada, desaparecieron. Dejaron de ser surtidas y la ropa “descomercializada” se convirtió en materia prima para otras creaciones: agarraderas para los calderos, paños para secar la meseta de la cocina, ropita para las muñecas de trapo de los mercados para turistas por sus vivos colores y estampados. Incluso, con la llegada de la pandemia hubo quienes recurrieron a esas telas para hacerle ropa a los más pequeños de casa y distinguir sus carteras o aretes, desde esa originalidad que hace parir la necesidad.

Sin embargo, el espíritu de exclusividad en las piezas se ha perdido. Ahora las nuevas tiendas de ropa reciclada tienen un nombre que se ha popularizado a través de las películas de Hollywood: Venta de garaje. Allí se puede encontrar de todo: ropa de uso y sin estrenar, ropa que no tiene ninguna historia o con precios exorbitantes a pesar de sus años. Sin dudas, son otros aires los que priman sobre las confecciones textiles que han resistido, como nuevas, hasta la llegada del siglo 21.

Renata Santander

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