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En Navidad se lee a Charles Dickens

En la memoria histórica cabe todo. En ella conviven en igualdad de condiciones, las injusticias sociales y el turrón de Alicante. Según la época y los vientos, se rememoran las primeras o el segundo.

En Cuba, la Navidad solo se relaciona con el cerdo porque la carne de cerdo es la más recurrida en todo tipo de festejos. Y más que la Navidad, su víspera, la Nochebuena, cuando se reunía la familia deseosa de hacer recuento. No hay ningún simbolismo que asocie al cerdo con la Navidad. Ni siquiera aparece en los belenes. Para los judíos, el cerdo era un animal impuro.

No se debe criticar al gobierno cubano porque no disponga de cerdos para vender en Navidad. Se debe criticar por no disponer de cerdos para ninguna ocasión. Es vínculo demasiado superfluo que no daña al gobierno, porque el gobierno nunca ha creído en la Navidad ni en su espíritu. Para el gobierno, la Navidad era la zafra y la zafra estaba destinada a festejar el 1ro de enero, aniversario del triunfo de la Revolución cubana.

Más allá de las razones históricas de Carlos Marx y de las razones despóticas de Vladimir Ilich Lenin, las razones digestivas de la gente abdican, por instinto, de todo mecanismo que les pide esfuerzo y no les da sustento. En la memoria histórica cabe todo. En ella conviven en igualdad de condiciones, las injusticias sociales y el turrón de Alicante. Según la época y los vientos, se rememoran las primeras o el segundo.

En Cuba, se asocia la desaparición de la Navidad con la zafra de 1970, la de los diez millones. Ese año, el país entero se paralizó para enviar trabajadores a cortar caña. Celebrar la Navidad parecía una falta de respeto, si los trabajadores se estaban deslomando en los cañaverales. Además, era una fiesta de ocio capitalista que celebraba lo imposible: el nacimiento de un Dios que, según el marxismo, enajenaba a la gente.

Los diez millones nunca fueron alcanzados. Y la Navidad, por oportunismo y por venganza, no fue restaurada. Sin embargo, es ingenua la relación de las fechas. Lo que representaba la Navidad había sido desterrado desde el mismo comienzo de la Revolución. Para ello se aprovechó el “interés” por llevar la educación a todo el pueblo. La familia tenía demasiada fuerza. Había que romper la familia.

La Revolución concedió la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de manera gratuita. Era necesario becarse apenas terminada la enseñanza primaria. Ese andamiaje se construyó en la década de 1970. Los padres no debían preocuparse, solo trabajar. De la educación se encargaba el Estado. Una educación marxista-leninista que señalaba como enemigos a quien pensara diferente. Y los primeros enemigos eran los familiares educados en el sistema anterior, todavía esclavos del “opio” de la religión y sus exigencias.

La Navidad regresó como una dádiva en 1998, con la visita de Juan Pablo II. El gobierno cubano, en plena crisis por el desmoronamiento del campo socialista, aprovechó para dejar entrar y florecer la “droga” tan demandada. Se autorizaron otra vez las procesiones religiosas y la gente no tardó en retomar la tradición de caminar tras las imágenes siguiendo los metros prescritos, pidiendo en silencio la oportunidad de largarse del país.

En las tiendas también se hizo un amago de festejo, puesto que se pusieron a la venta arbolitos plásticos y guirnaldas. Mas, en ningún recinto comercial se escuchaban las melodías de “Noche de paz” o “Blanca Navidad”. Y qué decir de la estética. En el escaparate de una tienda podía apreciarse un cartel de “¡Viva el Primero de Enero!” iluminado por la intermitencia de las guirnaldas navideñas, cuando no la propia guirnalda aprovechando la espiral de una hornilla eléctrica.

La Navidad no es el cerdo ni el hartazgo de su carne. Incluso, lo que hacía de la Nochebuena un preámbulo navideño, eran los turrones y los regalos al pie del arbolito. La sobremesa familiar, en fin. El ambiente. Hasta el tiempo ayudaba. Hace apenas unos años, el diciembre cubano era un mes frío. La Navidad tiene mucho de recogimiento, de chocolate caliente en la noche, de espera y, por supuesto, de esperanza.

La celebración navideña fue mantenida por algunas familias cubanas, casi en secreto, a fuerza de perseverancia de las abuelas. Los vástagos “revolucionarios” se desentendieron de ella. Si había que comer, pues a comer; pero no para celebrar ningún Nacimiento. Éramos un país amenazado. Debíamos estar en pie de guerra y no andar perdiendo el tiempo en supersticiones. Celebrar, la Revolución. Nada más.

De manera que no es el cerdo. Y este año la Nochebuena será de pollo. Con suerte, la guirnalda encenderá alguno de sus bombillos y quizás los gatos renuncien al techo y se queden rondando el arbolito. No murieron en paz los muertos familiares de este año. Y otros, casi muertos, se fueron en la primera oportunidad, temerosos de otro cierre o de que otra debacle pandémica los sujetara en Cuba. Pero que nadie culpe a la pandemia. Las familias están destrozadas desde 1959. Es imposible saber de qué familia habla el anteproyecto del nuevo Código de las Familias y en qué aspectos es “uno de los más avanzados del mundo”.

Una Navidad rodeada de fantasmas. Típicas noches para leer a Dickens, aun cuando no exista chimenea.

 

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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