Cuba te Cuenta

Y sin embargo se muere

Del exilio no se regresa nunca porque, en rigor, nunca hubo partida. No hay tecnología capaz de actualizar las nostalgias.

Los muchachos estrenaban el año con el rito de dar la vuelta a la manzana arrastrando maletas. Conjuraban la fortuna de viajar algún día de los próximos 365 por venir. Interrogados esos adolescentes, no dirían viajar, sino irse, largarse, perderse para cualquier parte; pero irse.

Nuestro primer fin de año solos, mi esposa y yo. La familia se ha desmembrado entre pandemia, muertes y exilios. Nuestro hijo salió con sus amigos para equilibrar cuarentenas y temores. Imposible esperar las 12 de la noche viendo los conciertos triunfalistas de la televisión cubana. Y el humor inteligente de Les Luthiers nos pareció desfasado y pedante. No hay disfrute cuando la mente no encuentra asidero ni siquiera en los escollos.

Nos abrazamos a medianoche. Sin palabras. Estamos agradecidos. Hemos sobrevivido; pero no hay nada prometedor en el horizonte. Nuestro hijo ha crecido. Y lo que ayer se veía lejano, ya es presente: “No quiero vivir en Cuba”. Lo ha dicho más de una vez en los últimos meses, entre lecturas y sesiones de calistenia. Ha perfeccionado su inglés. “No quiero vivir en Cuba”, repite sin obsesión, pero firme. No será este año ni el próximo. “Será cuando Dios quiera”, dice mi esposa sin encontrar ningún alivio.

Los hijos tienen que hacer su vida. Lo desconcertante son las circunstancias. Es como el tema de la muerte. De cierta manera, exilarse es como morirse. No es la muerte lo que aterra, sino los modos de morir, sobre todo si los adorna un pórtico de sufrimiento. Porque nuestro hijo se marchará detestando el lugar donde ha vivido desde que nació, aunque nos ame y agradezca. En Cuba solo viajan los diplomáticos y algunos privilegiados descoloridos teñidos de rojo. El resto se exila, muchas veces sin regreso.

Viajar es mudar de latitud. Lleva un plus de iniciativa propia, de petulancia aventurera. De un viaje se regresa con ansias de comunicar experiencias: vi una llama, cabalgué una llama, me escupió una llama. El exilio, en cambio, tiene mucho de coerción. Con el exilio se traslada el cuerpo, pero nunca la mente ni el corazón. Del exilio no se regresa nunca porque, en rigor, nunca hubo partida. No hay tecnología capaz de actualizar las nostalgias. Es difícil vivirlo. Es difícil tener conciencia de que alguien muy querido lo vivirá, quizás porque se ha olvidado que alguien muy querido lo vivió.

Un hijo sale de casa y otro hijo se va de casa. En Cuba, la paradoja es que los hijos quisieran regresar a casa y no al país con el que no se identifican. Hay aquí una aglomeración de equívocos. Se sitúan en un mismo plano conceptual, como si fueran sinónimos intercambiables: país, gobierno, estado, líderes, historia, patria y Revolución. Los hijos se van empachados políticamente. A veces se les atribuye desprecio hacia determinados “valores”. Es una larga historia que incluye más de tres generaciones de cubanos. Sin ánimo de generalizar, puede decirse que cualquier juicio hacia los exilados lleva consigo la espina de la envidia: se fueron primero.

Una persona me argumentó en cierta ocasión: “Si yo fuera hijo de mi tío, estuviera viviendo en Nueva York desde 1970. Y hubiera sido testigo directo del derrumbe de las Torres Gemelas”. Me aturdió la coincidencia. Mi tío también vive en Nueva York desde 1970, solo que yo nunca he querido ser su hijo, ni siquiera en las peores etapas de desavenencias políticas con mi padre. Y tampoco me hubiera gustado presenciar el horror del 11 de septiembre de 2001. Ser “testigo directo del derrumbe de las Torres Gemelas” me parecía como haber asistido al estreno de “King Kong” en su versión de 1976, donde el gorila es abatido precisamente en una de las torres del World Trade Center.

La vida no es así. Se puede creer en la Ley de la Atracción y vivir pendiente de los déjà vu y las sincronías; pero siempre habrá una fuga del inconsciente o alguna broma de extraterrestres invisibles. Porque mi tío nunca regresó a Cuba ni mantuvo comunicación con la familia después de 1970. No lo culpo. Fue mi padre quien aceptó no protestar contra esas medidas drásticas, aunque significaran perder a la familia. Sin embargo, poco antes de morir mi padre, mi tío lo llamaba por teléfono. No le hacía reproches. Solo le preguntaba por los lugares compartidos en la infancia. Mi padre murió y mi tío volvió a desaparecer. Nuestra rama de la familia dejaba de tener significado para él. Cuando pienso que tengo primos caminando por la Quinta Avenida de New York, me gusta imaginar que será mi hijo quien haga la reconexión en un futuro, aun sin pretenderlo, al azar, tipo novela.

Y los adolescentes pasaron arrastrando sus maletas. Tres solitarios y desganados. Ni siquiera esquivaron las manchas de agua que se extendían como lenguas burlonas delante de las puertas, el agua que los vecinos lanzan a medianoche para expulsar el mal acumulado durante el año que termina. Se detuvieron debajo del alumbrado público, justo en el mismo lugar en que el 17 de diciembre se había detenido un devoto de San Lázaro que arrastraba un bloque de piedra atado a una pierna. Me gusta mirar la calle para comprobar que el mundo no ha dejado de girar. Y lo hago tarde en la noche. La soledad de la calle ofrece mejores lecciones que la algarabía diurna. No es común ver en mi ciudad a devotos tan extremos ni a jóvenes tan desganados. Había tanto peso (y pesar) en el bloque de piedra como en las maletas. El 2022 será el año de intentar que mi hijo no se largue de Cuba.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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