Cuba te Cuenta

De la utilidad e inutilidad de algunas mascarillas

Alguien pensó que las mascarillas ayudarían a describir y definir males para encontrar bienes. Las mascarillas no tienen trompa. No saben jugar con los recuerdos porque no tienen memoria.

Las mascarillas se han impuesto como protección y para desmentir a los poetas. Lo primero es obvio. Al multiplicarse las variantes del virus, aumentan las exigencias técnicas. El IHU francés, el deltacrón chipriota y la flurona israelita, precisan mascarillas de tres capas u otras con filtros que solo pueden conseguirse en la NASA o en los almacenes del Consejo de Estado.

“En busca de la inmunidad perdida” hubiera sido el título de Marcel Proust para su obra cumbre; pero Proust no era rebaño. Hubiera muerto por el colapso de los sentidos y de la comunicación. De vivir en Cuba, por supuesto. Salva imaginar lo que no imaginaron figuras de su talla. Si toca morirse, que sea comiéndose una magdalena mientras se contempla la torre Eiffel por la ventana. Magdalena: léase panquecito. “Allá lejos y hace tiempo”, diría Guillermo Enrique Hudson.

Porque la cuestión de la memoria son los recuerdos que atesora. Y la cuestión de los tesoros es que sean algo de valor concreto. Desde 1990 se habla del patrimonio inmaterial de la cultura, de las expresiones que han sobrevivido a pesar del uso, el abuso o el desuso que los gobiernos ejercen sobre ellas: música, algunos saberes ancestrales, deportes, bailes y oralidad, entre otros. El punto guajiro y la rumba, son ejemplos cubanos reconocidos por la Unesco. La anciana guarda su muñeca de la infancia por sus evocaciones, no por su cabeza sin pelo.

El pensamiento de José Martí trascendió la endeblez de su fisonomía. De la muerte de Martí es creíble y patrimonial su deseo poético de morir de cara al sol. En cambio, no lo son las estatuas ecuestres representándolo mano al pecho y cuerpo hacia atrás por el impacto de la bala. No hay nada glorioso en la física después de Newton. Es un embuste la inmortalidad escultórica. Es ridícula. Cuando se banaliza lo espiritual, se vandaliza lo material que dice representarlo. La repetición banaliza su objeto. O su sujeto. O su símbolo.

Hasta Dios se vuelve light a fuer de mantras. Sucede cuando excesos y defectos hacen vándalos a los perros por su propensión a utilizar las estatuas como urinario. Así son las leyes que seducen al escarmiento con desolladuras. Y desollar es un verbo de fea conjugación. Es preferible dejar ir al perro antes que desollarlo por orinar los pies de alguien. Solo se resguardan de la supuesta humillación los amputados, los que no saben del comercio de ideas entre hemisferios cerebrales, lobotomía (ideológica) de por medio. Es mejor preguntarse por el valor de las raíces, porque no hay árbol frondoso si no tuvo micción en sus entrañas. Y los frutos son su principal elogio.

Pero Proust era asmático y no conoció el coronavirus. ¿Qué hubiera hecho en Cuba, con tanta sobreprotección a cuestas y tantas mascarillas en la cuesta? Mienten los poetas cuando abordan lo insondable de las miradas, una fineza inútil para describir la miopía. Las miradas son espejos. Y de los espejos, según leyenda, solo se libran los vampiros, los fantasmas y algún que otro funcionario comunista. Las mascarillas han venido a corroborar la miopía de algunos países: Cuba, Venezuela, Nicaragua, Chile en unos meses.

No, las mascarillas no rescatan el patrimonio inmaterial de la oralidad. Las mascarillas han demostrado la vacuidad de las miradas y de los discursos. Y los elefantes no pueden dejar de barritar cuando están enojados. Cuando no lo están, guardan silencio y juegan con su trompa. Alguien pensó que las mascarillas ayudarían a describir y definir males para encontrar bienes. Alguien pensó que, al fin, habría entendimiento. Las mascarillas no tienen trompa. No saben jugar con los recuerdos porque no tienen memoria. Los recuerdos son ayer. La memoria es hoy actualizando ayeres. Proust recordaba la magdalena de su niñez porque no le estaba vedada la magdalena de su adultez. Los cubanos recuerdan el yogur y se sacuden instintivamente las moscas. Y los panquecitos, ¡oh, los panquecitos!

El mundo debiera dedicarse a jugar con sonajeros para que el gorjeo fuera diálogo. Empero se trata de cinismo cuando el propio patio está enyerbado. Ninguna Miss Universo está exenta de una mala digestión, aunque fuera elegida por nacionales de una sola acera. Utopía es el seudónimo de “imposible” cuando se habla de diálogo en Cuba. Es decir, cuando lo hace el gobierno pretendiendo analizar incidencias psicológicas y trasfondo freudiano si se quiere. Es muy artificial la naturaleza fálica del gobierno cubano. Por eso vive de (y entre) gritos y estertores, haciendo creer que la agonía es un orgasmo. Un buen gobierno es el que le hace el amor al pueblo, no el que lo viola.

Y lo artificial revela impotencia. Es tan inconcebible un coro de castrati entonando el himno nacional, como lo sería Proust viviendo en Cuba. Las mascarillas se han impuesto para desmentir a los poetas, pero no a la poesía. “Hay seres que merecen que se les predique la muerte. O la vida eterna, que para mí es lo mismo. ¡Con tal de que se vayan pronto!”, decía Friedrich Nietzsche, utilizando su mostacho de mascarilla. Nietzsche terminó loco. Y Proust, también abigotado, fue un homosexual memorioso y melancólico. Si alguna vez filtraron sus palabras, fue para conservar la inmaterialidad de su espíritu, ese que todavía se escucha. No queda más remedio que cambiar mascarillas por trompas. Y barritar, mientras halla enojo.

Tony Pino

Técnico Medio Nuclear. Trabajó como profesor en el Politécnico de la Central Electronuclear, en Cienfuegos. En 1990 fue separado del magisterio por cuestionamientos políticos a la viabilidad de la construcción de una planta nuclear en Cuba. Fue jubilado por enfermedad en 1992.

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