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Martí en la libérrima expresión del cine

Los festejos de año nuevo en Cuba siempre tienen un matiz revolucionario en la programación especial que se prepara para esos días. Al cabo de 63 eneros, pocas películas quedan que no hayamos visto los cubanos.

Una de ellas es Meñique, coproducción cubana, española y venezolana, con animación en 3D, la primera con esta técnica. Esta producción cinematográfica es, digamos, una adaptación libérrima del cuento ya amoldado por José Martí para la revista La Edad de Oro.

La película tiene toda la simpatía de los tiempos modernos. Imbrica muchísimos personajes de la fantasía: brujas, dragones, hadas, gigantes y, por supuesto, los objetos encantados. En parte, diría que eso es bueno, pues amplía el abanico imaginativo de los niños. Sin embargo, lo que llama poderosamente la atención es el lenguaje casi chabacano, grosero y violento que se ve en los personajes negativos de la trama. Es cierto que esta versión es mucho más compleja; pero el estilo de José Martí, tan dado a las metáforas, a referir las buenas costumbres en los pequeños, al refinamiento y la bondad, no se aprecian en el filme.

Asimismo, se pueden encontrar aciertos como la inclusión de elementos de identidad cultural como las habaneras, el guaguancó y los boleros. Muy bien por el doblaje de los actores que interpretan los personajes; pero se debe tener cuidado con las imágenes subliminales que se emplean. En el guiño a un cuento como “Blancanieves”, por ejemplo, la escena del mamey envenenado termina con una pasarela de cuadros un tanto dantescos. Ojo también con el Edecán, primo de la princesa y enamorado de ella.

Desde antes del 2014 los clichés del mundo “Disney” han estado cambiando. Sus presupuestos estéticos y argumentos se han ido volviendo hacia las esencias. Razón de más para respetar íntegramente la autenticidad de las obras martianas. Si queremos que las nuevas generaciones sigan leyendo al más grande pensador de los cubanos, no podemos tergiversar su forma de escribir. De continuar haciéndolo, los estaremos alejando de quien entendió la vida, el arte y las relaciones humanas en la más excelsa forma. Además de comunicarlas de una manera tan magistral, que todo el que llega a sus textos cae rendido ante la profundidad del lenguaje.

Y digo esto, porque no es “Meñique” la única obra martiana que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC) ha realizado. Asoma otra: “El camarón encantado”, donde vuelve la grosería, la violencia y otros sentimientos que no deben potenciarse desde las artes visuales. Menos en los niños. La reinterpretación de los textos martianos y las adaptaciones que él hizo de cuentos internacionales, no deben ser una aproximación complaciente de la industria cultural, sino una creación coherente desde el cine de los valores más importantes del ser humano.

Renata Santander

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