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La infancia perdida

Hace años, para los niños cubanos, jugar dejó de ser una necesidad para convertirse presumiblemente en un lujo

(Imagen tomada de Cubanet)

Martí decía que: «desde los juguetes de los niños se elaboran los pueblos» y visto así creo que no hay quien dude de la importancia que puede tener el juego en la infancia.

Según los especialistas, a esa edad se comienza definir la personalidad del ser humano, a desarrollar su inteligencia y por qué no, la vocación de un menor que bien pudiera estar asociada a un determinado juego. Constituye una de sus actividades y entretenimiento fundamentales. Desarrolla su imaginación, creatividad y habilidades personales y sociales.

Sin embargo, jugar en Cuba ha dejado de ser una necesidad para convertirse presumiblemente en un lujo. Todos los antillanos nacidos con la revolución recordarán la importancia que le dieron Fidel y Celia a este espacio en los infantes cuando por iniciativa de ambos, repartieran juguetes a los niños de la Sierra y crearan una red nacional de círculos infantiles. Pero también recordarán algunos con nostalgia, las tiendas de juguetes en las que una vez al año se compraba juguetes por los famosos cupones del básico; algo así a una libreta de abastecimiento que le asignan a los menores al nacer y que, aunque aún existe, no cumple función alguna.

Era cierto que los primeros en la cola tenían más suerte y conseguían lo que les gustaba mientras que otros los veían pasar por delante y tenían que conformarse con escoger los que quedaban. Pero nadie salía sin ninguno y luego, con los amiguitos del barrio, se intercambiaban y prestaban y al final, todos jugaban con Lili, Pinocho y Elpidio Valdés.

De eso ya nada queda. Los que nacimos con el Período Especial heredamos de nuestros padres, primos y hermanos, ya un poco magullados y descoloridos, los juguetes con que hicieron su infancia. Sin embargo, después de que el país tocara fondo económicamente hablado, la situación con los juguetes siguió en retroceso y si bien es cierto que existen industrias locales en las que se fabrican algunos de ellos, lo cierto es que las calidades son deficientes y la mayoría se importa de cualquier lugar del mundo.

El problema es más complejo puesto que la mayoría de los juguetes (y chucherías también) que se traen al país se venden por moneda libremente convertible (MLC), moneda en la que la mayoría de los padres no cobran. Sus precios resultan excesivamente caros, aunque es justo reconocer que el nivel de elaboración es alto y atractivo.

Es cierto que los cuentapropistas cubanos se han inmiscuido en esta tarea y han aportado su granito de arena a precios relativamente más bajos, pero una vez más la factura y los materiales empleados en el acabado de los mismos siguen siendo una tarea pendiente.

Olga González Naranjo; directora de Producciones seleccionadas del Ministerio de Industrias apuntó hay interés en resolver el problema y si bien la solución no va a ser inmediata, se están dando pasos en la creación de juegos didácticos y la industria deportiva que reviertan el fenómeno.

Hoy en día también los juegos digitales para los niños son más importantes que juegos como: A la rueda, rueda, El conejo está en la cueva, Alánimo, La señorita, El pon, Los escondidos, La  gallinita ciega entre otros juegos tradicionales que contribuyen a que el niño desde la infancia temprana se identifique con su comunidad, con su país, a partir del desarrollo de determinados procesos de socialización inherentes a ellos.

Si en tiempos pasados conseguimos producir juguetes y hacer de ellos símbolos identitarios de nuestras generaciones, debemos proponernos recuperar trazar estrategias con que se rescate ese espacio útil y necesario en nuestros infantes pues ojo, en esos juegos están nuestros futuros maestros, médicos e ingenieros.

 

Orlando Pérez

Bloguero de Cuba te cuenta.

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