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Tanto trabajar, ¿para qué?

Un grupo de ancianos aguarda impaciente cada mañana a que sean las siete. A esa hora comienza en la cafetería, el Sistema de Atención a la Familia (SAF), un programa subvencionado por el Estado que le brinda asistencia alimenticia a un grupo de jubilados. Se reúnen, esperan, conversan.

EL TRABAJO DE TODA UNA VIDA… ¿PARA QUÉ?

Francisco Tabares es un moreno de 77 años y, desde hace más de una década, es jubilado del sistema: “Comencé a trabajar muy temprano, en los años 50, siendo apenas un niño. Mi papá era aguador de la estación del ferrocarril de la localidad. Aprendí el oficio acompañándolo. Cuando triunfó la Revolución, me entregué de lleno. Fui mecánico de taller, contribuí a la conversión de traviesas de madera a hormigón, estuve movilizado en varias ocasiones y trabajé en las zafras, incluyendo la del 70, hasta que me retiré, entonces con 180 pesos”.

María Eugenia González es otra de pensionada que recibe asistencia por el gobierno. Ha perdido visión en un ojo y su versatilidad no es la de antes: “Yo fui educadora de toda una vida. 45 años estuve frente a un aula, primero como maestra normalista en una escuelita rural de La Jutía, Mayabeque; luego como voluntaria en el ´59 en San Antonio de los Baños, Artemisa, en la Campaña de Alfabetización, prestando servicio en la Ciénaga de Zapata y hasta mi jubilación como profesora de pre-escolar”.

Iván Felipe Pérez tiene 68 años. Es militar retirado de las FAR. Aunque se desempeñó en otros oficios, éste fue el que lo marcó en su vida: “Yo estuve en Etiopía combatiendo; luego me prometieron un grupo de facilidades y me hice militar en los 80. Cumplidos mis 25 años de servicio, me retiré como capitán de un Regimiento de Estudios de Tanques. Allí fue donde aprendí la mecánica. Luego tuve que contratarme nuevamente en el periodo especial como mecánico en el taller de Ómnibus Escolares, para poder ayudar en casa”.

Estas personas tienen tres cosas en común: primero, que son jubilados que rebasan los 65 años de edad; que dedicaron la mayor parte de su vida a servirle al Estado en diversas profesiones; y que a todos los agrupa el SAF, puesto que la carestía de la vida en Cuba, impide que descansen y disfruten de sus retiros.

“A MÍ LA JUBILACIÓN NO ME ALCANZA”

A los reunidos por el SAF, por tanto, el salario no les alcanza. Lanzan comparaciones de precios y se asombran del valor que han adquirido las cosas que antes compraban por centavos. Incluso, algunos llegan a comparar estos momentos con los del “periodo especial”, afirmando que ahora se vive peor que treinta años atrás.

María comenta: “Después de la Tarea Ordenamiento pasaron a pagarme 1700 pesos; sin embargo como están las cosas, eso no alcanza para nada. En casa vivo con mi hija, mi yerno y mi nieto de 11 años. Sólo me piden que me haga cargo del pago de la corriente que son de 500 a 600 pesos, porque con los medicamentos que tengo que comprar, no me da para más. Soy hipertensa y tengo que comprar medicamentos por tarjetón (tarjeta de medicamentos controlados) o por “fuera”, en el mercado negro. El resto del dinero se me va en desayunos y almuerzos aquí mismo en el SAF, que después del ordenamiento subieron de precios”.

En efecto, en enero de 2021 los precios de estos y otros productos dejaron de ser asistidos por el gobierno subiendo entre un 5 y un 20 % de su valor. Tales fueron los casos de un desayuno del SAF, que pasó de costar 15 centavos a 2 pesos, y de un almuerzo promedio que de entre 60 centavos y un peso, subió a 15 y 20 pesos. Algo similar sucedió con la asignación racionada de alimentos que mensualmente le asigna el régimen a la población por libreta de abastecimiento (mandados). El arroz normado ascendió drásticamente de 15 centavos la libra a entre 7 y 10 pesos, y el pan de 5 centavos a un peso. Así también con los medicamentos. Los antibióticos, por ejemplo, pasaron de costar 8 pesos, a 66 pesos.

“A mí la jubilación no me alcanza. Soy solo en mi casa y tengo que pagármelo todo. En almuerzo y comida aquí se me van mil 200 pesos, sin que sea una buena comida. Eso sí, me sale más barato que si tuviera que cocinármela yo. Si tuviera que comprar los productos que están perdidos y con precios por las nubes, gastar corriente y detergentes para fregarlas, no llegaría ni a 15 días con mi salario. En mandados pago 180 pesos, en corriente 40, y lo poco que me queda es para comprar los módulos de aseo”, cuenta Francisco.

“Yo, en cambio, tengo que ayudar en casa y siempre tengo que estar inventando algo con oficios manuales. A mí tampoco me alcanza, y eso que cobro 3 000 pesos. Mi hija es madre soltera de dos niñas y solo puedo aportar mi jubilación. A la menor, no le han dado plaza para el Círculo infantil (guardería) y mi hija tiene que pagar un cuidador particular donde le piden 800 pesos mensuales, más merienda y almuerzo, para poder trabajar. El padre no se ocupa y eso a mí me parte el alma. Me siento fuerte y útil, pero es inconcebible que tras tanto trabajo, mi pensión no sirva de nada”, se lamenta Iván Felipe.

SOMBRÍAS ESPECTATIVAS

En la Asamblea Nacional del Poder Popular, en diciembre pasado, el Ministro de economía Alejandro Gil, reconoció la pérdida del poder adquisitivo del peso cubano. Dejó claro que el gobierno está consciente de que las pensiones no alcanzan y que el problema no es propio del ordenamiento monetario, que de por sí introdujo una considerable inflación, sino de la coyuntura por la atraviesa el país desde 2019, del desabastecimiento generalizado y de la pandemia del Covid-19. Además, puntualizó que un aumento salarial en estos momentos era improcedente.

Si bien estas fueron las explicaciones del ministro, por muy sinceras que sean, no resuelven el problema de los jubilados que, por falta de fuerzas y enfermedades, no pueden reincorporarse al trabajo y dependen única y exclusivamente de su pago. Cada día son más los que se suman a esta modalidad de atención a la población pensionada, obligados por las circunstancias y carestía de la vida. Según cifras oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, ONEI, actualmente el 17.1% de la población cubana es jubilada. En 2030 se estima que esa cifra ronde el 23 %.

“Hay personas que no lo necesitan porque sus hijos viven fuera de Cuba y les envían dinero todos los meses. Y otras porque emprendieron algún negocio y viven de eso. Es lamentable porque todos ellos fueron llamados “vagos y escorias” en su momento, y sin embargo nosotros, que nos sacrificamos y entregamos de lleno al sistema, somos los que pasamos trabajo”, recapitula María.

La situación que se vive en estas calles, se puede generalizar a todo el país. Según cifras oficiales, el pasado 2021 terminó con una inflación informal de precios de 6 mil 900 % y un aumento de los precios del Estado del 222 %, lo que vuelve insostenible la vida en Cuba y mucho más para los que son asistenciados.

A SUS RUTINAS DIARIAS

Una vez que compran su desayuno, regresan a sus casas y de ahí, por lo general, salen a realizar los menesteres propios de una vivienda y de la familia. “Es para lo que quedamos”, refiere jocosamente Francisco. Y no es que sea necesariamente así, sino que son pocas las cosas que a esta edad pueden hacer. “Yo tengo que hacer tiempo para colas, de lo contrario me quedo sin medicamentos y sin módulos. Ya cuando vengo a buscar el desayuno, dejo marcado en todas las colas”, dice María.

Mientras que un sector de la tercera edad en otros países se retira a casas de descanso, asilos y lugares más apartados y económicos, en Cuba hay que seguir “guapeando”. Quizás no directamente en un puesto de trabajo, pero sí buscándose algunos pesos con qué complementar la pensión. Algunos se encargan de buscar el pan y la leche, la prensa, llevan a sus nietos a la escuela o simplemente se sientan en el parque a conversar con sus coterráneos hasta el cerca del mediodía.

Sus rutinas son así de sencillas. Por lo general, pasan la mayor parte del tiempo en sus portales y cuartos, escuchando las novelas de radio con las que crecieron, cocinando, dormitando en las tardes, atendiendo los animales los que viven en zonas rurales y apartadas y viendo las noticias o leyendo algún libro. Casi todos se acuestan temprano para, llegado el otro amanecer, hacer más de lo mismo.

Orlando Pérez

Bloguero de Cuba te cuenta.

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