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No hace falta ser disidente…

En la isla de Cuba, un sector relevante de la población teme ser libre. O lo que es peor, cree que ya lo es porque está del lado de los que mandan. Aunque ya no se vive de espaldas al mundo, como en las décadas de 1960 y 1970, y pueden constatarse las realidades por intercambios culturales, referencia familiar, televisión o búsqueda de información, estas personas gruñen a ciegas que “mejor que esto no hay nada”, salpicados de arrogancia, ignorancia y privilegios. Cuba está urgida de un cambio radical y necesario. Sin embargo, no hace falta ser enemigo del gobierno para pronunciarse contra todo aquello que anda de cabeza.

Disidir es discrepar, diferir. Es separarse de las tesis que sostienen determinadas organizaciones políticas, religiosas o ideológicas. También, en el caso particular de Cuba, hay disidentes que nunca han pertenecido a ninguna organización política, ni de un bando ni de otro. Según datos oficiales, solo el 6 % de la población milita en el Partido Comunista. Eso tienen las dictaduras, que fabrican disidentes partiendo de la máxima: estás o no estás. En Cuba, disentir es hacer contrarrevolución. Es ser enemigo acérrimo de un gobierno autócrata y totalitario que necesita de la unanimidad para la aplicación de sus políticas fallidas.

Sin embargo, no hace falta ser disidente para creer todo lo que se publica en los medios de prensa nacionales, para saber que “en aquellos países que financian a la oposición” también hay salud y educación gratuitas, comedores obreros, pensiones y jubilaciones, y que lo estatal funciona tan bien como lo privado sin necesidad de tanta burocracia y planificaciones centralizadas. No hace falta ser disidente para investigar y conocer la verdad, porque la verdad no es absoluta y mucho menos de quienes creen poseerla.

No hay que ser disidente para aspirar al progreso y la prosperidad del país. Ningún ciudadano puede permanecer indiferente ante la situación que enfrenta la isla, resignado a convivir con la miseria y la ruina, codeado con edificios que se desploman, establecimientos vacíos y largas colas para adquirir alimentos caros y poco nutritivos.

De una manera u otra, muchos cubanos han experimentado los acosos policiales, que van desde las detenciones arbitrarias e injustificadas hasta los registros no autorizados, los embargos de propiedades y decomisos de mercancías. No hace falta ser disidente para haber vivido la escasez de alimentos y medicinas, del transporte y los artículos básicos para la vida. Tampoco para lamentar el racionamiento de  la libreta de abastecimientos o la imposibilidad de reparar una vivienda por falta de materiales. Asimismo, no hay que ser disidente para sufrir las separaciones y rupturas que por más de 60 años han venido desangrando cientos de familias en el país. Con tanto dolor en Cuba, la gente no debería tener miedo a ser catalogada como disidente.

Presumiblemente por estas y otras razones en Cuba hay muchos disidentes. Incluso los hay que pagan sindicatos y asisten a marchas; pero no están a favor del sistema. Muy pocos están de acuerdo en seguir defendiendo un sistema que asfixia, limita las oportunidades, reprime las libertades y los derechos de su pueblo. La generación actual ha dejado de ser conformista y resignada, y mucho menos mansa y obediente. La generación de hoy no piensa ser esclava. Una parte no teme a las arriesgadas aventuras migratorias producto del desespero; y la otra, la de los que se quedan en el país, lucha y soporta cárcel y vejaciones.

Los decisores cubanos necesitan comprender que la diversidad también puede resultar provechosa. Deben dejar de minimizar, ignorar y fagocitar a quienes piensan diferente y también quieren un futuro mejor para la isla. Los tiempos de celebrar virtudes desde la homogeneidad y el elitismo barbudo, quedaron detrás.

José Martí, el Apóstol de Cuba dijo en una ocasión: “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad”. Y esos son los jóvenes de nuestros días, los integrantes del Movimiento San Isidro, los que se atrincheraron en el Ministerio de Cultura y los que salieron a las calles el 11 de julio de 2021.

Orlando Pérez

Bloguero de Cuba te cuenta.

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